martes, 8 de abril de 2014

EL NIÑO QUE APLAUDE EN SU ESCONDITE

Vídeo de promoción del espectáculo "el niño que aplaude en su escondite, cuentos para no volverme cuerdo" que se representará el próximo día 25 de Abril en A Casa das Campás de la Universidad de Pontevedra en esa misma ciudad, a las 21:00 horas. Entrada gratuita.

miércoles, 2 de abril de 2014

LA 4ª DE MARIO CRESPO



La 4ª - Mario Crespo

EN PRE-VENTA

¿Cómo se gesta un mito? ¿De qué manera una sucesión de hechos puede llegar a trascender en el imaginario de toda una sociedad en forma de relato legendario? En La 4ª, asistiremos al complejo proceso de la gestación de un profeta y su religión; Carlos Barbosa, un joven introvertido de provincias. Seguiremos los pasos de Carlos en un fascinante relato coral que nos descubrirá el peligroso mundo de los cárteles de la droga en Madrid, el proceso de creación de una iglesia experimental que pretende cambiar el rumbo de la humanidad y, finalmente, una sociedad distópica situada en 2046 que se encuentra al borde del colapso. Mario Crespo, con un estilo sobrio y sugerente, y con un dominio extraordinario de los tempos de la prosa, nos ofrece una obra de gran calado antropológico para la reflexión en estos tiempos de crisis espiritual y moral (Victor Balcells Matas)

14 x 21 cm.
Nº de páginas: 226
GÉNERO: Narrativa
Editorial: LUPERCALIA EDITORIAL
Lengua: ESPAÑOL
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788494163968
Año edición: 2014
Plaza de edición: LA ROMANA


lunes, 17 de marzo de 2014

Presentaciones de ARDIMIENTO, poemario de Baco


Jueves 20 de marzo
21:00 horas
Presentación de
ARDIMIENTO
Antología poética de
Bacø
en
calle Ave María, 39
(Metro Antón Martín)
Poetas invitados:
Gsús Bonilla,
Aranxta Oteo,
José Naveiras,
Quino Romero,
Diego Lebedinsky
ARANDA DE DUERO
 Viernes 21 de marzo de 2014

19:00 horas
POESÍA EN LAS BODEGAS II
(BODEGA EL NIÑO DE LA CAPEA)
con
Ángel Petisme
Esteban Gutiérrez (Baco)
Javier Pascual


22:30 horas
FIESTA SIMPÁTICA
(GRAN CAFÉ BOLA 8)

Con Esteban Gutiérrez (Bacø) 
y la actuación de las bandas de rock arandinas

THE DISASTER COMEDY y SIMULACRO

domingo, 9 de marzo de 2014

EL BUEN CHICO. MUSICOPLASTIDRAMA.

un pequeño adelanto de lo que haré el día 25 de Abril en A casa das Campás de Pontevedra a cargo de la Universidad de la ciudad. No es más que un ensayo, allí se escuchará mejor, mucho mejor, pero me apetecía ponerlo para que os hagáis una idea de lo que podréis ver si venís al espectáculo. Podéis quitar la música que se escucha de fondo en los controles arriba a la izquierda.

hay una página en facebook donde podéis seguir con más detalle todos los progresos del espectáculo:
https://www.facebook.com/elqaplaude

martes, 4 de marzo de 2014

cuatro poemas de ricardo moreno mira

INCENDIARIO, editorial Lupercalia.
Este libro me flipó en su momento y más me flipa aún escuchando la voz del propio poeta en algunos de sus poemas.
Cuatro poemas de Ricardo Moreno Mira, de su libro "incendiario", Lupercalia Ediciones. En la voz del propio poeta y con una música para piano que yo mismo toco.
Las imágenes son de diferentes poemas del libro.

domingo, 9 de febrero de 2014

DOS POEMAS, UN PAR DE FOTOS, UNA ACLARACIÓN Y UNA ACTUALIZACIÓN

VIVIR
algunos
no vivimos
del arte
pero nos dedicamos
al arte
para poder
vivir

....................................................
QUEMADOS
Hace tiempo
que no se habla
de la capa de ozono.
Para qué
si ya estamos 
todos quemados.

.............................................
ACLARACIÓN
Me llamo Jens, Jens Peter Jensen, como mi padre, pero al primero que me llame Peter se las ve conmigo. 
Me llamo Jens.





 (actualización)
¿VES?

tengo 43

tres hijos

y


soy un subversivo

sábado, 8 de febrero de 2014

HSITORIA DE SUPERVIVENCIA DE UN MÚSICO MEDIOCRE (3)

Todo esto lo comentaba con la mayor naturalidad en su aula, en la que se supone que debía darnos clases de piano. Tengo que reconocer que yo me reía como todos los demás, pero también he de decir que siempre me he sentido incómodo. Tenía la virtud innegable de que nos hacía sentir protegidos. Protegidos por ella y por su entorno. Como en uno de los nuestros, éramos uno de ellos, de los nuestros, nos hacíamos notar. Se supone que sus alumnos eran los que “mejor” tocábamos del conservatorio. Los de mayor futuro. Futuro profesional, se entiende. Nada de futuro artístico. Hablamos de colocarnos. De las salidas profesionales de la carrera de música, no de la excelencia artística. Llegado el momento ya nos tocaría lo nuestro, todos tranquilos, que ya se ocuparía ella. Pertenecíamos a ese privilegiado círculo en donde todo parecía tener arreglo. Se nos presentaba un futuro sin demasiadas complicaciones. Acabar la carrera, presentarse a las oposiciones sin importar cómo vayas de preparado al examen, es más, si alguno no se sintiese capaz o con fuerzas si quiera de tocar ni una sola nota, bastaría con firmar el justificante de haberse presentado a la prueba, y ya se ocuparía ella de buscarnos una interinidad como poco. Después a prepararlas con calma y para la siguiente mal será. Jajaja, se reía. Mal será, repetíamos entre risas y carcajadas sus acólitos. Hasta que eso ocurriese se nos pedía poco a cambio. Unos pocos favores como lamerle mucho el culo, adularla a ella y a sus favoritos. En eso, también hay que reconocerlo, era muy generosa. Ella prefería mil veces que adulásemos a sus alumnos favoritos antes que a ella, aunque sin olvidarnos nunca de ella, claro. En lo que respecta al estudio, no tenía que exigirnos mucho. Todos, en mayor o menor medida, estábamos obsesionados por el estudio. Mientras tocásemos más rápido y más fuerte de manera que el barullo escondiese los errores, ella lo daba por bueno. Todos sabíamos que sus favoritos, tocasen bien o no, siempre accederían a los primeros puestos en las oposiciones. Para los demás tendríamos las sobras. Era algo asumido. Parece un poco tonto explicar que la calidad pianística nada tenía que ver aquí. Solo el hecho de caerle en gracia o no. 
No tengo nada en contra de la enseñanza musical, todo lo contrario. Yo soy profesor desde hace muchos años. Me encanta la enseñanza y entiendo que llegado un momento, tras un recorrido vital, uno decida presentarse a las opos del conservatorio. Pero qué sucede cuando un joven de entre 22/24 años termina los estudios superiores de piano e inmediatamente se pone a preparar unas oposiciones de profesor de conservatorio. Y qué ocurre cuando, además, las gana. En ambos casos el resultado es parecido. Si no se consigue aprobar la oposición pronto, lo normal es que se conviertan en profesores interinos. Conocí a profesores que llevaban siendo interinos más de quince años, aunque he oído hablar de otros que lo han sido toda la vida. La excusa para estos, la que se refiere a no hacer ya nada más, a no salir a la aventura, etc. trata sobre su constante necesidad de permanecer en sus casas preparando el siguiente examen de oposición, asistiendo a su trabajo en el centro tratando siempre de agradar a los compañeros funcionarios, sobre todo a aquellos que puedan tocarle en algún futuro tribunal. A la vista de ellos dóciles y complacientes, pero a sus espaldas pendencieros y enfermos de odio hacia sus verdugos, odio que será mantenido para siempre. Sin en el futuro llegan a ganar su plaza, jamás olvidarán a todos aquellos que antes los suspendieron de manera injusta. Lo más probable, además, es que ya hayan adquirido deudas tales que el temor a perder su trabajo sea un vértigo insoportable. Pero es peor el caso de aquellos que aprueban el examen al poco de acabar los estudios. Algunos inmediatamente después. ¿Qué ocurre cuando un joven comienza a ganar un dinero suficiente como para comprar un coche, un piso, casarse y tener hijos? Pues que a partir de ese momento ya no intenta nada más. No se pueden tomar riesgos, hay que pagar el coche, la hipoteca, los niños tienen necesidades que cubrir y hay que planear las siguientes vacaciones, los regalos de navidad, planificar el ocio. Como mucho acuden una vez al mes con algún profesor carísimo con residencia en el extranjero, bien lejos, que haya que coger un avión, en Suiza por ejemplo, por 200 euros la hora. No es tan raro, hay grandes intérpretes que imparten clases cobrando tales precios. También lo hacía Chopin, estaba muy preocupado por conservar su ritmo de vida, especialmente atento a mantener su cabriolé y otras necesidades superfluas, y las cobraba muy caras, sobre todo a los que no valían demasiado. Pero cuando se encontraba con algún alumno que merecía la pena no sólo no le cobraba, sino que podía estar varias horas seguidas con él. Tenía Chopin un alumno adolescente, de unos catorce o quince años, especialmente dotado para el piano. Se llamaba Karl Filch. Tan genial sería que en una ocasión, estando Liszt de visita en el piso le comentó a Frederik tras escuchar al joven virtuoso:
-Cuando este chico crezca, habrá que cerrar el negocio.
Pero murió de tuberculosis a los pocos meses. Horrible premonición para el enfermizo genio. También Liszt, especialmente en su época en Weimar, impartía clases. Jamás las cobraba y todos sus alumnos eran espeluznantes portentos. Neuhaus comenta en su famoso libro el arte del piano cómo su profesor, el afamado pianista Leopold Godowsky, se burlaba cruelmente de los pianistillas que cruzaban el charco desde los EEUU para acudir a clases con él. Mediocres con dinero contante y sonante a quienes el célebre músico cobraba sin piedad. Se iban de la clase satisfechos y orgullosos porque el maestro les había dicho que un compás o una nota, o hasta puede que una frase entera de la pieza había estado bien, bastante bien, aunque el resto de la pieza hubiese sido una mierda total y los hubiese desollado vivos. Hasta ese punto llega la esperanza de un músico mediocre. Somos muy positivos y nos agarramos a ese comentario algo bueno del profesor. Olvidamos u omitimos todos los demás referidos a nuestro escaso talento. Nos agarramos a cualquier pequeña astilla en nuestro naufragio. También Godowsky tenía alumnos aventajados que jamás le pagaron.
Pero el no tener que pagar por las clases no suele ser el caso de los que cogen aviones desde nuestros conservatorios en busca de profesores carísimos. Ellos siempre han de pagar. Reciben una hora exacta y de vuelta a su trabajo funcionarial. No se trata más que de otra línea con la que rellenar su currículum.

Y se acabó. Tenemos un cuerpo de profesores compuesto, en su mayoría, por fracasados y mediocres, por interinos agobiados que odian a los que ostentan sus plazas en propiedad, sin dejar en ningún momento de lamerles el culo, y por sustitutos maltratados, gérmenes del furibundo futuro pedagógico. Y, casi sin excepción, mediocres, aburridos, malos profesores y encorsetados músicos acomodados que detestan y maltratan al interino pero, sobre todo, al sustituto, último escalafón este de las aspiraciones artístico-burguesas. Y lo peor de todo es que todo ese odio que pasa de unos a otros se transmite, finalmente, al alumno, el cual tiene un 99% de posibilidades de pasar a formar parte y defender con uñas y dientes, en un futuro, ese sistema putrefacto y fracasado.

viernes, 7 de febrero de 2014

HISTORIA DE SUPERVIVENCIA DE UN MÚSICO MEDIOCRE (2)

2ª entrega de la novela "historia de supervivencia de un músico mediocre". Puede que lo publique entero y por entregas en el blog. Puede que no. Pero vamos, por ahora va la 2ª entrega. Si queréis leer antes la primera (que sería lo lógico), vais al final de la entrada y le dais a la etiqueta "historia de supervivencia de un músico mediocre" y vais por orden.
Seguro que pocos saben de los entresijos de la formación de un músico en este país. La formación de un músico muy alejado de la genialidad. Lo que éramos la inmensa mayoría, aunque cada uno pensase lo contrario. Pues aquí está todo. Con saña y buena memoria.

En cuanto a mis compañeros del curso, todos, sin que falte uno, son hoy en día orgullosos propietarios de una plaza como profesores de diferentes conservatorios. Todos a excepción de mí. No sé muy bien en qué momento me torcí o si ya iba de lado desde siempre. Soy el ejemplo del fracaso que a todos ellos espanta; el ejemplo que no se ha de admirar; el modelo del que previenen a sus alumnos; los míos son los pasos que no se han de seguir. Nunca fracasar, eso no, nunca caer por miedo a no poder levantarse. Mal ejemplo, sin duda, el mío. Pero, ¿en qué momento la palabra éxito y fracaso se intercambian en nuestras vidas? ¿Cuándo se convierte en éxito la seguridad y la mediocridad, el color gris, y cuando en fracaso las aspiraciones y el riesgo?
Esta es una carrera artística. No estudiamos álgebra o filología o lengua española. Estudiamos música. Nos formamos para ser pianistas, a ser posible unos pianistas de la hostia. ¿Cómo no íbamos a tener aspiraciones? Para un estudiante de talento limitado, como en nuestro caso, preparar una obra era una labor titánica. Ya no digo preparar un programa de cinco o seis piezas. Era tal el esfuerzo que tendíamos a creer en las hadas y que seríamos recompensados con recitales en el Carnegie Hall o en el Teatro Real o en el Covent Garden. Resultaba algo parecido a una constante jaculatoria, cada tecla hundida era  parte de una plegaria. Si cuanto más rezas, más cerca está la recompensa celestial, era de suponer que un esfuerzo tan arduo y prolongado también tendría su premio, y nos imaginábamos a nosotros mismos tocando en esos conciertos, siendo aclamados, adorados, ganando mucho dinero, no tanto como una estrella de rock, eso era algo que siempre teníamos en cuenta, pero ¿quién necesita tanto parné?
La hostia iba viniendo de diferentes maneras. Según en qué caso podía ser repentina y constante prácticamente desde el principio de los estudios. Para estos la carrera de música se convierte en una posibilidad como cualquier otra con salidas profesionales. Para los demás, los que teníamos cierto talento pero no el suficiente, poco a poco comprendíamos con dolor; con los dedos y la espalda destrozados; con los nervios hechos puré; con el alma abatida y desolada; con odio y rivalidad en nuestras cabezas. No valíamos. Esa pequeña frase, no vales, se repite y pierdes la pasión y te hundes. Recuerdo el momento en que me pasó a mí ya de manera definitiva, cuando por fin uno comprende de qué va la historia. Al ir por la que podría ser la sexta hora de estudio, una arriba, una abajo, solía, en los últimos tiempos como estudiante de piano, arrebatarme un repentino vértigo, una sensación desoladora y muy angustiosa, de pérdida, de derrota. Pensaba:
– no Peter, no es que no debas tocar ni una hora más. Es que no debías haber tocado las de hoy, ni las de ayer, ni las del año pasado. Ya no pasarás de aquí por mucho que te empeñes.
Esta sensación es, al fin y al cabo, la sensación de la derrota, del fracaso palpable, la de que tenía que estar haciendo cualquier otra cosa en ese momento, de que tenía cosas mejores que concebir, aunque no supiese cuáles eran esas cosas más importantes. Muchas veces me provocaba estados de desidia absoluta que me apoltronaban en el sofá durante horas. Ya no iba al conservatorio donde en algún momento mi nombre destacó, ya no iba a clases con el monstruo de mi profesora. Ya no. Lo dejé.
Entonces comencé a pintar.
Un día dije:
–soy pintor.
Y la gente me llamó loco.
Hasta hoy.
Lo que en realidad dejé no fue el piano, sino cualquier aspiración de éxito a través del piano. Fue entonces cuando empecé a disfrutar, cuando empecé a tocar bien, cuando me sentí con fuerzas y seguridad, cuando empecé a ser pianista de verdad. No fue de la noche a la mañana. Fue un proceso lento y paulatino, poco a poco, sin prisas. Sin darme cuenta un buen día estaba tocando sin miedos ni aprensiones ni vanidades. Simplemente estaba tocando, por fin, tocando. A partir de ahí cada vez que me pongo al piano siento que de verdad todo ha merecido la pena. Comprendo que, en realidad, no me torcí. Dejé los estudios. Dejé de memorizar. Empecé a aprender. Empecé a tocar.
La mayor parte de los estudiantes del ciclo superior de piano deciden opositar al acabar. Este es el comienzo de la derrota. Aunque puede que ya estuviesen doblegados, en realidad. Hasta puede que se doblegaran con gusto. Queda, pues, como única posibilidad de lucha, el superar el tribunal de oposición, el cual en la mayor parte de los casos está formado por corruptos o corruptibles profesores que deben muchos favores y atienden más a las llamadas telefónicas que a las piezas que se tocan en el examen. Sobre la primera vez (y espero que última) que me presenté a las oposiciones de profesor de Conservatorio daré detalles más adelante. Una de las tareas principales de mi antigua profesora era, precisamente, manejar el cotarro de los exámenes de oposición. Todos los años que se convocaban estaba ella en la mesa del tribunal, ya fuera como presidenta o secretaria o vocal, pero siempre estaba allí decidiendo quién aprobaba y con qué nota y a quién dejaba en la estacada. Así se fue haciendo toda una red de corruptelas que aún permanece en nuestros días y que, según parece, ella sigue manejando. Aunque hay noticias de que hay diferentes capos, ya no es ella sola. Le encantaba cacarear los nombres de los nuevos miembros del cuerpo de profesores que habían adquirido la plaza en propiedad gracias a ella. No dejaba de citar todos los nombres, uno por uno, para que lo supiésemos todos, para que no se nos olvidase.

-Fulanita de tal, tocada del ala. Fulanito, a ese lo aprobé yo, jajajaja. Fulanita de cual, esa es una guarra, esa no aprobará en su puta vida, ni cuando yo me haya jubilado, que ya me ocuparé yo, jajajajaja, fulanito de tal, tocado del ala, fulanita de cuala, que mal toca, pero me venía recomendada por el director del Conservatorio de tal sitio y la aprobé, yo la aprobé, que lo sepáis, y que nadie se olvide.

Pequeña crónica de una mañana de papeleo escrita a todo correr mientras Susana se prepara, justo antes de salir



No ha sido a propósito, sino por casualidad que lleve puestos mis mejores andrajos. No es porque vaya a la oficina del paro. Voy sin nada porque para qué. El INEM o la Seguridad Social o el Estado o lo que sea nunca jamás me ha pagado un duro ni me lo pagará ahora. He de apuntarme y pedir un justificante de que no recibo ningún tipo de subvención o ayuda para presentar en el ayuntamiento para que se nos cobre de manera aplazad una multa de hace dos años de la que acabamos de recibir noticia, pues al no tener nuestra dirección no nos había llegado. Finalmente llegó a la casa de la abuela de Susana, quien la recogió y firmó a nuestro pesar. 200 euros más un recargo de 20 euros a lo que hay que sumar los recargos subsiguientes por demora si no se paga en los siguientes 15 días naturales. Susana llamó al ayuntamiento para explicarles que después de dos años era la primera noticia sobre esa multa y que, a pesar de eso, nos llega con recargo. El funcionario le explica que estab perfectamente recogida en el boletín oficial del ayuntamiento. Susana responde que, como comprenderá, no lo leemos y menos en busca de multas de estacionamiento. Silencio del interlocutor. ¿algo más? Pues sí, dice ella, la multa no ha llegado a mi domicilio, sino al de mi abuela, que tiene 95 años y está bastante impedida en todos los sentidos, por lo que no se acordó de dármela. Ya, dice él. Además, por si fuera poco, me puse de parto al día siguiente de recibirla, de parto prematuro, lo cual implica una serie de contratiempos que nos han tenido muy atareados y estresados en estos días. Ya, dígame cual es su consulta. Pues es que veo que solo hay 15 días naturales antes de que se nos empiecen a cobrar recargos y el día límite es hoy. Es que acabo de verlo. Sí, dígame cual es su consulta. Pues, esa, esa es mi consulta. Pues no entiendo la pregunta, señorita. Pues que estamos al límite y a partir de mañana se nos empezará a cobrar. Tal y como dice ahí ¿no es así, señorita? Sí, pero ¿no se puede hacer nada? Además, los dos estamos en el paro y sin recibir ningún tipo de prestación ni subvención ni ayudad ni nada de nada. Ese no es mi problema. Ya sé que no es su problema, pero quería saber si no nos pueden aplazar el pago de algún manera. No se retire… buenos días, ¿dígame?  Susana vuelve a explicarlo todo. La interlocutora tiene la misma sensibilidad de pez que el anterior. Tampoco es su problema. Susana, ya sin convicción le explica, además, que nosotros no tenemos multas de tráfico. Ni una. Nunca dejamos el coche mal aparcado ni pasamos semáforos en rojo ni excedemos la velocidad. Si el coche estaba ahí parado, que es justo en la puerta de la casa de mis padres, continúa diciendo, es porque estábamos subiendo a mis hijos en él. El que haya puesto la multa lo ha tenido que ver, que se estaba subiendo gente. La interlocutora vuelve a decirle que ese no es su problema. Ya, ya sé que no es su problema. El problema es mío, y es un problema muy grande, porque doscientos veinte euros es lo que tenemos para comer este mes. Pero no es su problema. No, no es mi problema, señorita. Lo único que puedo hacer es aplazar el recargo otros cuatro días, hasta el viernes como mucho. Pues gracias. Hoy es viernes. Vamos a apuntarnos al paro porque tenemos que llevar la tarjeta del paro sellada y un justificante de, al fin y al cabo, insolvencia. Aun así no nos quitarán la multa. Después correremos al hospital para que Susana de el biberón  al bebé. Mientras iré volando al registro civil para registrar al niño. Según parece hay diez días de plazo y también se acba hoy. Preferimos no saber qué pasaría si se nos pasa el plazo en el registro. No alcanzamos a comprender el tipo de recargo. Le digo a Susana que, quizás, si se pasa el plazo decidan no registrarlo, no darle la nacionalidad española. No se nos ocurre mejor regalo de bienvenida al mundo.

jueves, 6 de febrero de 2014

EL HOMBRE


Visto de lejos,
desde arriba,
el ser humano
(el hombre)
da risa.

Su infantilismo,
su endeblez ,
su insistencia en persistir,
su avaricia,
su imbecilidad. 

No parece tener límites
el hombre.

Podría resultar hasta 
enternecedor
el hombre.

Pero cuando te acercas
al hombre

- a sus logros,
a las ruinas 
de cada tiempo glorioso,
a los antiguos coliseos,
pirámides,
a los edificios,
catedrales,
a sus viajes espaciales,
a su tecnología punta;
a las proezas
del hombre-

ya no da risa.

Ya no da risa
al comprobar toda la seriedad
y frialdad
con que ha calculado
cada centímetro cuadrado
donde ha ubicado su vasto imperio
del horror.

El hombre.

Ya no da risa.

Por cada parcela de tierra
edificada,
un pueblo arrasado.

El hombre.

lunes, 3 de febrero de 2014

HISTORIA DE SUPERVIVENCIA DE UN MÚSICO MEDIOCRE 1

Había decidido frenar en seco una novela mezcla de ficción y auto biográfica sobre mis andanzas musicales, tanto de mi época de estudiante como profesional. Decidí frenarla porque era inevitable que ciertos personajes fuesen demasiado reconocibles. Aunque me estaba gustando mucho, decidí dejarlo estar. Pero ciertos acontecimientos recientes me han convencido de que es necesario hacerlo. Sin esos personajes reconocibles la literatura universal, el arte en general, sería imposible, pues todas nuestras obras están impregnadas inevitablemente de nuestra vida, de nuestras expectativas, de nuestras amistades y , sobre todo, de nuestras enemistades, que son las partes que más jugo dan, claro. Así que he decidido retomar la novela que tenía abandonada. Ahora mismo estoy sin tiempo porque tengo dos proyectos que me absorben, pero pongo mi mente a funcionar día y noche sobre el tema.
Aquí os dejo un fragmento, puede que el principio, aunque no lo tengo decidido porque voy trabajando la novela como si fuera una película, por escenas (capítulos) que no necesariamente siguen un orden lógico para después unirlo todo. No es más que un borrador.
HISTORIA DE SUPERVIVENCIA DE UN MÚSICO MEDIOCRE

Quede claro. Nadie se merece ser tratado como un gusano por muy gusano que sea, pero dentro de los gusanos, que, claro, existen, de los peores son los paletos. He conocido muchos tipos de paletos: paletos intelectuales, artistas paletos, paletos de la administración, profesores paletos, políticos paletos, curas paletos, paletos, paletos y más paletos. Mi vida ha sido un constante transcurrir entre diferentes clases de paletos y no parece que su discurrir vaya a cesar nunca. Paletos, en definitiva, tanto de ciudad como de pueblo o de villa. No son leyendas, existen. Ya había tenido relación y trato con toda esta clase de paletismo a lo largo de mi vida de estudiante y la que en el momento de este relato era mi muy reciente vida profesional que acababa de empezar. A los paletos de villa, y las consecuencias de compartir cualquier cosa con ellos, los descubrí  cuando era uno de los organizadores de un curso rimbombantemente llamado curso magistral de música Monasterio de Celanova, una paletada con aires de grandeza creada por una cantante lírica llamada Beatrice Da Silva, una muy paleta diva de provincias sin expresión, voz ni repertorio, en Celanova, hace ya unos años. Celanova es una villa en el interior de Galicia, no tiene nada de especial a no ser el paisaje, que siempre he pensado que es lo mejor de Galicia si es que no se ha quemado ya. Tiene un monasterio relativamente mal reconstruido cuyas aulas y claustro nos parecieron los lugares perfectos para celebrar el curso. Éste constaría de:
Canto, a cargo de Rigoberto Mutti, un barítono colombiano afincado en Dinamarca, realmente simpático y agradable, tan simpático y agradable como cantante.
Piano, que impartiría mi propia profesora del patético conservatorio superior en donde penosamente trataba de terminar mis estudios. Doña Hortensia Malas. Tan paleta como mala bicha, frustrada y, evidentemente, mal follada por su marido.
Saxofón, por Natalio Llopis, el marido de la anterior. Tan buena persona como saxofonista, éste sí. Era unas cuantas décadas más joven que la mala puta-pianista de su mujer.
Violín, con un maestro (Rodolfo Malasaña) cuya esposa era también violinista, eslava furiosa y malvada. La conocí poco, pero me pareció (y no me equivoqué) tan zorra como la profesora de piano.
La rusa, Vitola Berezovska,  no tenía nada que ver con el curso pero no hacía más que provocar todo tipo de problemas con los alumnos, mediocres aspirantes a penosos ejecutantes de sus respectivos instrumentos o sucesores oscuros en la labor pedagógicamente abominable de los maestros a los que he ido enumerando. Estos estudiantes sin vocación ni futuro no hicieron más que quejarse desde el principio, instigados por la puta permanentemente malhostiada a quien parecía increíble que, con tal influencia sobre marido y alumnos, todos parecían adorar, o puede que temer.
En cuanto mi profesora y ella se vieron saltaron chispas, y de la furia que inmediatamente sintieron, lo prometo, yo lo vi, que estaba allí delante, les salieron barbas a las dos, largos y solitarios pelos que curiosamente no se quitaron en los días siguientes. Par de putas furibundas rompealmas. Lo suyo fue como un flechazo, pero de odio extremo y eterno. Los respectivos maridos permanecían cabizbajos intentando alejarse inútilmente de sus respectivas y monstruosas cargas. 
Yo, para que vamos a andarnos con tonterías, no era mejor que ninguno de los personajes que he presentado, era un joven apocado y soñador, sin demasiado talento, en realidad, para la música, aunque, en honor a la verdad y por no exagerar en mi autoflagelación, diré que era un artista apasionado y lleno de entusiasmo, trabajador nato y muy expresivo en el toque. Pero la verdad es que andaba perdido. Absolutamente extraviado en mis perspectivas de futuro. Había accedido a ayudar en la organización del evento a la cantantilla a la que me referí al principio. No era un contrato lo que me obligaba, tampoco un sueldo, ni siquiera un reconocimiento a mi labor. Así de perdido estaba. Tenía que ocuparme de todo lo que la divona consideraba trabajos menores: cargar con muebles generosamente cedidos por algún anticuario para decorar las aulas; atender a los chavales del curso en el albergue; ocuparme de controlar al bedel furioso que no admitía más órdenes que aquellas provenientes de sus superiores naturales; cuidar de que todas las clases estuviesen libres y listas a las horas acordadas; lidiar con las constantes quejas de los alumnos y de sus madres convencidas de la valía de sus vástagos, permanentemente a la espera de palabras de reconocimiento; ceder generosamente mi piano Young Chang de mierda cola; recoger a dos alumnas en el aeropuerto de Santiago, a más de doscientos km de distancia por una carretera nefasta, llena de curvas y mal asfaltada, peligrosísima, a las tres de la mañana, ida y vuelta de un tirón. Y todo esto a la vez que me ufanaba en mis estudios pianísticos para hacer un buen papel como alumno del curso cuya matrícula, generosamente, la
interpretilla de marras pagaba.
No se puede decir, en el caso de las pasajeras a las que tuve que recoger en plena noche, que se tratase de dos paletas al uso de esta narración. Una de ellas era noruega, muy fina y elegante, sencilla y con una voz estremecedoramente bella y potente. La otra era rusa, niña prodigio hacía algunos años, aunque su carrera se resintió y no alcanzó las cotas que se esperaban de su talento innato. El avión llegó con retraso, además tuvieron problemas con el equipaje y los pasaportes y tuve que esperar más de la cuenta. Como no llevaba un cartelito con sus nombres, algo en lo que debí haber pensado por mi timidez absurda y crónica, no había posibilidad de reconocimiento, y no me atreví a abordar a una chica atacada de los nervios, que no dejaba de mirarme, alta y morena con pinta de diva rusa. Estaba sola y yo esperaba a dos. Finalmente me dirigí a ella y dando gracias al cielo me dijo que esperara allí, iría en busca de su amiga y del equipaje que por alguna razón no aparecía.
Nos dirigimos al coche, era un Renault Clío blanco, sucio, cascado y lleno de abolladuras. Aun así la rusa debió de pensar que yo no era más que un chófer. Bien mirado tenía toda la razón. Primero pasó la noruega, puede que fuese sueca, no lo recuerdo. Al intentar colocar en su sitio el asiento para que la niña prodigio se sentase delante, lo frenó con la mano y me indicó que prefería sentarse detrás. Así que fuimos todo el viaje de vuelta a Celanova con las dos cantantes detrás y yo de cochero. Ni que decir tiene que me sentí muy ofendido en mi pequeño orgullo provinciano y decidí no dirigirles la palabra en todo el trayecto, por más que la nórdica se diese cuenta de lo absurdo de la situación e intentase entablar conversación. De hecho hicimos una parada para ir al baño y a la vuelta entró primero la rusa, me pareció que la sueca hacía un gesto para sentarse a mi lado, pero esta vez no bajé el asiento y se lo impedí. Llegamos a las tantas de la madrugada. Me acosté, dormí lo que pude y al día siguiente, tras ocuparme de controlar los desayunos y que todo el mundo fuese a sus respectivas clases, me metí en la mía. Tenía que tocar el Vals Mephisto de Liszt y la Apassionata de Beethoven, tócate los cojones, y prácticamente sin estudiar. De todos modos el nivel de exigencia no era muy alto. Lo que me preocupaba era otro curso al que iba a asistir como participante activo, sería al cabo de una semana, en Portugal, éste sí, con algunos de los mejores pianistas de la escena mundial del momento. Un curso para grandes intérpretes.
El de Celanova transcurrió sin pena ni gloria. En lo que se refiere al curso de piano, éramos casi todos alumnos de la bicha en el Conservatorio Superior, a excepción de tres o cuatro todos los demás ya nos conocíamos y sabíamos de nuestras respectivas debilidades y motivos de disputa, algo muy puesto en valor por nuestra profesora. Sólo había dos que se acercaban a la excelencia. Uno de ellos nunca había asistido a clases con ella: muy prometedor, joven, guapo y encantador, puto asco de chaval, pero me caía muy bien. Con él iba a asistir al curso de Portugal al cabo de una semana. El otro también era joven, guapo y encantador, lleno de talento, pero todos sabíamos que se echaría a perder por la influencia de la rompealmas. Todos nos echamos a perder, en realidad, pero su caso era terrible, dadas sus cualidades extraordinarias. El repertorio habitual en nuestro caso siempre era el que más se acercase al virtuosismo más exacerbado, convirtiendo cada pieza en el paradigma de la brutalidad más absoluta. Raras, por no decir inexistentes, eran las piezas de compositores como Chopin o Granados, ni hablar de Mozart o Haydn, siempre Liszt y, a ver que piense, Liszt. Sí, teníamos la costumbre de romper cuerdas con Liszt, cada cuerda que se rompía era motivo de risas y satisfacción, no tanto de la mía, era mi Young Chang de mierda cola, insisto. También se podía dar el caso de algún Bartók, a la tipa le gustaba especialmente el Allegro bárbaro, puede que Albéniz, Prokofiev, Busoni, por supuesto Beethoven de la patética en adelante y para de contar. Además la coyuntura no se prestaba a otros compositores. En una ocasión preparé la Barcarola de Chopin, dificilísima y poco lucida, durante mi ejecución ella no dejaba de gruñir de manera horrible, gritaba, échale huevos, joder, dale más. Estaba muy perdido, para qué nos vamos a engañar.
Uno de los mayores y más absurdos problemas se daba a la hora de organizar el recital de fin de curso. En la mayor parte de los ciclos de música se ofrecen dos o hasta tres conciertos para que sólo los más aventajados tengan la oportunidad de tocar ante un auditorio más o menos excelso. Pero éste disponía de escasos recursos y no se podían organizar más que dos. Uno de ellos en el Teatro Principal de Ourense, en un buen piano, y el otro en el claustro del monasterio, en un piano cochambroso que se empeñaron en utilizar por no mover de su ubicación el mío, lo que acarrearía un gasto extra inasumible por la dirección. Encima no lo iba a pagar yo. De todos modos, para el caso, no importaba que hubiese dos, tres o cuatro conciertos. Todos los alumnos tenían que tocar en absolutamente todos. Era una premisa inquebrantable de nuestra profesora. Se trataba, decía ella, de piezas de un valor trascendental impepinable. En otros eventos las piezas que tocan los alumnos son siempre cortas y no necesariamente de un virtuosismo extremo como, para mayor orgullo de nuestra maestra, era nuestro caso. Todos teníamos una o dos obras listas, pero siempre eran larguísimas y dificilísimas. Otras cosas, por fáciles que fuesen, no podríamos tocarlas. En esto no hay mucha diferencia con algunos profesionales que he ido conociendo a lo largo de los años. En mi caso, hace mucho que perdí cualquier clase de vergüenza o recato y a la mínima me pongo a tocar. Me encanta hacer una improvisación sobre la puta de la cabra y, llegado el momento, pedir al público que cante a coro el estribillo, especialmente si el auditorio está compuesto por señoras que recaudan fondos para la lucha contra el cáncer, por poner un ejemplo. Pero cuando se le pide a un supuesto pianista profesional que toque algo de manera espontánea, lo normal es que la respuesta siempre sea la misma, igual que cuando éramos estudiantes: No, no, que no tengo nada preparado. No insistan, por favor.
Y así se sucedieron los dos recitales. Largos hasta el sopor. Yo toqué sólo en el primero, el del Principal. Habría tocado también en el siguiente, pero ya estaba de viaje para Portugal. Interpreté el Vals Mephisto de Liszt, pieza ésta que, como se verá, me ha acompañado obsesivamente a lo largo de mi vida. Como era la obra más complicada se decidió que yo cerraría el concierto. No toqué demasiado bien, pero se trata de una partitura sobradamente lucida como para levantar a un público poco exigente. Otra cosa era el curso internacional al que asistiría en los próximos días en Óbidos, por ese sí me preocupaba mi falta de estudio. En las partes más tranquilas y en los pianísimos, no dejaba de escuchar a mi profesora dándome indicaciones constantes desde su butaca en uno de los balcones del teatro, a infinidad de metros de distancia. No, no eran imaginaciones mías, era ella de verdad, apremiándome, exigiéndome, indicándome.
-Vamos joder, a qué esperas, no hagas tantos ritardandos, menos rubato, échale huevos, corre aquí, para ahora.
Aún es hoy el día en que la escucho carraspear soezmente a mis espaldas como un espectro atroz cada vez que me siento al piano. Pero ya casi nunca miro atrás.
Mi parte fue todo un éxito: aplausos, abrazos, loas y felicitaciones. Algunas muy sinceras por parte, especialmente, de los que a mí me interesaban, otras estaban cargadas del evidente y habitual desprecio entre compañeros. El barítono corrió a abrazarme, me dijo que pocas veces había escuchado una interpretación tan soberbia. Yo siempre fui muy incrédulo para este tipo de cometarios, pero de vez en cuando hay que dejarse llevar por estas breves mieles. Recordé vanamente la anécdota de Richter en el Carnegie Hall, toda la crem de la crem en las butacas, los mejores pianistas, críticos y musicólogos del mundo, puede que de la historia, atónitos ante la maestría del escurridizo soviético. Corrieron lágrimas de emoción por sus ilustrísimos rostros, algunos a la salida, semanas, meses, años más tarde, recordarían ese recital como algo mágico y misterioso, grandioso e histórico. Sin embargo cuando, décadas más tarde, preguntaron a Richter sobre ese famoso concierto, comentó que no recordaba uno peor, con más errores, con más, incluso, desidia por su parte. Así que abracé como si fuese yo Sviatioslav al músico colombiano, quien me indicó entre risas que la niña prodigio rusa estaba sentada en una esquina sin quitarme ojo de encima. Estaba anonadada por mi destreza. No hacía más que reírse el hombre, pues le había contado nuestra aventurilla en el viaje en coche desde el aeropuerto de Santiago. Estaba buena la rusa. Sentí su mirada llena de fervor. No importaban mis escasos unosesentaycinco contra sus unoochentaylargos, había sexo en el ambiente, podía imaginármela sobre mí, sin duda ella encima, cabalgándome, cortándome la respiración con sus violentos empujones, era muy necesario el encuentro, un polvo de reconciliación y a otra cosa. Pero era inútil. Mi obsesión no era otra que la del estudio. Nada de distracciones. Estudiar, estudiar, estudiar. Más de ocho horas diarias a ser posible,  todos los días de la semana, domingos inclusive, fiestas de guardar y aún más en verano. No había tiempo para casi nada más. Como mucho me la cascaba en mis ratos libres, pero sin exagerar, no fuera a lesionar algún músculo con el trajín. De tanto tocar tenía los dedos destrozados. Solíamos comparar nuestras uñas entre nosotros, se abrían longitudinalmente de manera muy dolorosa, cuanto más enrojecidas estaban más orgullosos nos sentíamos. Esto no suponía un problema para nuestra testarudez pianística. Los primeros cinco minutos eran una verdadera tortura, pero después el dolor se pasaba. Teníamos que procurar no parar para descansar demasiado tiempo, si no los dedos se enfriaban y el tormento regresaba. Además teníamos problemas de espalda; las tendinitis en los brazos eran corrientes, aunque yo, increíblemente, nunca tuve ninguna y, sobre todo, teníamos problemas mentales de toda índole. La obsesión por las horas de estudio era tal que, si un día no tenía más de ocho horas por delante para estudiar, me abatía y era incapaz de ensayar ni tres, con lo que me tiraba en el sofá y no dejaba de lamentarme por un día perdido. Qué será de mí, repetía. Puto enfermo. Qué será de mi vida. El fracaso es una sombra perpetua que se aprende en los conservatorios y demás centros de enseñanza.

Mención aparte merece el recital de ópera, que se ofreció de manera independiente. El profesor de canto era una persona extraordinariamente vivaz y divertida, con una profunda voz y cuyo peor defecto era su gusto por las deleznables canciones de Tosti. Aunque he de reconocer que las cantaba bien. No era una voz al uso y ya estaba, es cierto, un poco cascada. Tenía un affaire con la organizadora de los cursos, la divilla inexpresiva. La desdichada suplía su falta de talento con otros recursos efímeros que ya estaban al borde de la caducidad. Todos lo sabíamos, pero era algo así como un secreto o, más bien, un tema tabú. Guardaban las apariencias en público y se amaban en privado. Estaba casado y tenía la avanzada edad de mi padre, es decir, le sacaba más de treinta años a su alumna. Sin embargo el tipo se conservaba jovial y era un dandi encantador y locuaz capaz de encandilar hasta el sexo oral a cualquier jovencita que se le pusiese delante. Un auténtico fenómeno. Algo preocupado, eso sí, por su salud. Ya se había resentido del corazón un tiempo atrás y siempre estaba muy pendiente de la presión arterial, de la medicación y de la alimentación, no tanto del vino o de los exquisitos orujos de la tierra. Una de las grandes borracheras de mi vida me la provocó este sujeto. En pleno agosto, en Ourense, 45 grados a sol y sombra. A las cinco de la tarde atravesé tambaleándome la ciudad desde el restaurante - donde más que comer, bebimos, los tres, yo, ella y él- hasta mi casa. Un paseo de más de diez minutos a paso no inestable. No soy capaz de recordar nada del trayecto, pero me acuerdo claramente  de la cara de sorpresa de Susana cuando, tras llamar al portal, salió a mi encuentro en las escaleras, un sexto sin ascensor, con grandes y viejos escalones. Quería morir, sin dudarlo ni un instante. Ya no era una cuestión de sobriedad, también en la más profunda ebriedad lo deseaba. Los estudiantes de piano, por si hay alguna duda, jamás beben y, en la mayoría de los casos, siempre ansían la muerte.
No se trataba de un don nadie el barítono colombiano, pero le faltaba mucho reconocimiento. Igual que al resto de profesores de la plantilla. Todos, sin embargo, recurrían a mentiras absurdas y exageraciones para engrandecer sus escasos méritos profesionales. Que si yo estudié con tal, que si yo canté con cual, que si actué con este brillante músico en una ocasión memorable que nadie recuerda. Charlatanes. Embaucadores. Mentirosos. Igual que sus alumnos. Aprendimos de sus mentiras y poco a poco fuimos fabricando nuestros Caballos de Vapor a base de farsas insostenibles pero seriamente mantenidas. Si acudíamos a algún curso con un prestigioso pianista como meros oyentes nos hacíamos alumnos habituales, sin más. Si acudíamos como activos pasábamos a ser destacados discípulos de profesores que no sabían nuestros nombres y si resultábamos  ser alumnos en más de un curso ya éramos estudiantes aventajados de tal o cual célebre pianista de la escena internacional. Daba igual si el profesor en cuestión nos había dado bien para el pelo o nos había dejado claro que nuestra insistencia era inútil. Cómo pensarlo ni por un momento, ¿acaso no veía el hijo la gran puta nuestras uñas abiertas de manera dolorosa y  longitudinalmente insoportable? ¿No veía el dolor, el sacrificio, la pasión? ¿No sentía nuestras ansias desbordantes?
Unos meses antes, el barítono y su amante ofrecieron un recital en el Liceo Recreo Orensano, un palacete rancio y decadente en la zona vieja de la ciudad. Se trataba del ciclo de jóvenes intérpretes organizado por la sociedad filarmónica orensana. Ninguno de los dos eran ya unos joviales ni prometedores cantantes, pero a él no se le perdonó ese pequeño detalle referente a su incipiente ancianidad. Sólo hubo una crítica en el periódico de la ciudad, La Región, una hoja parroquial sin interés, muy conservadora y poco atenta a acontecimientos culturales. Pero en esta ocasión, un crítico que se escondía tras un seudónimo (scandicus) para publicar sus crónicas escribió una columna más bien amable con la muchacha, que era de buena familia de Ourense de toda la vida, pero muy fría e incluso ofensiva en referencia al cantante latinoamericano. Lo cierto es que el mayor ataque se refería a su edad. Fue tal el disgusto que estuvo a punto de irse para no volver.
-A mí, que he cantado con la Callas en la Scala de Milán, que llevo toda la vida cantando por el mundo con los mejores intérpretes, siendo solicitado por aquí y por allá, con críticas favorables de críticos de prestigio, y no de paletos bajo seudónimo.
Ninguna de estas afirmaciones pudo jamás ser comprobada, excepto lo del paleto con seudónimo.
La cosa no pasó a mayores. Alguna fan escribió una carta al director poniendo a parir al crítico oculto y sanseacabó.
El recital de canto del curso de Celanova fue más corto que los otros, aunque en éste también cantaron todos los alumnos asistentes. Un mal ejecutante siempre resulta penoso, pero en según qué instrumento puede ser aún peor. El piano no es excesivamente cruel en este aspecto, aunque una ejecución con demasiados fallos es, evidentemente, patética y vergonzosa. El canto es una de esas disciplinas en las que es difícil disimular la falta de pericia o la carencia de ciertas dotes mínimas, ocurre igual que con el violín y el resto de la familia de cuerdas. Un cantante que desafina, aunque sea en un pequeño instante, es desolador, llegar tarde a las entradas, medir mal la partitura o cantar de manera inexpresiva son vicios constantes en los estudiantes de canto, a eso hay que sumar los nervios, las obsesiones, la derrota y el fracaso siempre rondando el escenario. Así cantaron casi todos; un auténtico horror. La niña prodigio, claro, lo hizo muy bien, pero no se sentía a gusto en un teatrillo de provincias con la platea medio vacía y no puso todo lo que tenía que poner. Tenía que habérmela follado, es cierto, puede que hubiese puesto más de sí misma. En fin, al menos ahora no he de preocuparme por posibles lesiones en el brazo. Cantó una pieza de cabaret de Kurt Weil y fue, quizás, lo mejor de la noche. El punto y final sería dado por la sueca y por la organizadora del curso. Cantarían la célebre Barcarola de Offenbach. Por alguna extraña razón, antes de la actuación, el maestro barítono salió a decir unas palabras a la audiencia, lamentaba la ausencia de la cantante principal, la jefa, se había tenido que ausentar en el último momento, pero dejaba claro que la canción no desluciría en absoluto, a pesar de que fuese ésta un duetto. Nunca comprendimos por qué hizo esto el profesor, fue un error enorme. La noruega estaba en el centro del escenario, mecía ligeramente su cuerpo al compás de la introducción pianística. En cuanto empezó a cantar nos quedamos extasiados. Qué voz, señoras y señores, qué dulzura y potencia, que fraseos perfectos y cuánta expresividad en tan corto espacio de tiempo. El amor se acunaba en el patio de butacas del Teatro principal de la muy provinciana ciudad y nos envolvió en un trance cercano al éxtasis que de ninguna manera creímos merecer. Entonces, caminando, a ritmo de vals, entró la otra, la que no debía estar según su maestro, y era cierto, no debería haber estado allí, tendría que haber salido huyendo y no haber parado nunca en su carrera. En cuanto comenzó a cantar descendimos pesadamente a nuestras butacas, se nos encogió hasta el agujero del culo. Prácticamente no se la oía, estaba siendo cruelmente eclipsada, pisoteada, no había expresión apenas, el tímido oh que se escuchó cuando iba entrando se refirió seguramente a la sorpresa de que estuviera finalmente sobre el escenario, pero también al estupor provocado por su insignificante voz. Fue una sorpresa, algunos de los que estábamos allí la admirábamos sinceramente, pero en ese momento comprendimos toda su trampa. Su ego exacerbado, sus críticas constantes a otras cantantes de la ciudad, su aparentar permanente, su yo, yo, yo y nada más que yo, sus mentiras, su especial facilidad para trepar y pisotear a los adyacentes. Fue algo terrible el haber sucumbido a la vanidad de cerrar el concierto con este dúo. La canción continuaba y seguía oyéndose sólo a la sueca. Nos extasiábamos con una y nos acongojábamos con la otra. Su madre estaba a mi lado. Sentí todo el peso de su horror, de su espanto, del odio repentino, del fracaso y de la mediocridad más absoluta y reconocible. Rompimos en aplausos. La madre de la cantante me preguntaba extrañada cómo era posible que no se la oyese. No debía de tener muy buena acústica el teatrillo, eso debía ser. Al final, cuando nos acercamos a ella para felicitarla, más bien era como darle el pésame, resultaba imposible disimular nuestro desconcierto. Demasiada amabilidad. Debió sentirse muy sola. Al otro lado un grupo abundante felicitaba a la cantante nórdica con naturalidad y alegría.
Fue este uno de los motivos últimos de disputa entre el barítono colombiano y la divilla de provincias. Había decidido dar clases gratis a la sueca a su vuelta a Dinamarca.
-Una entre un millón- decía -, una voz así sale cada cien años.
Eso nunca se lo había dicho a su amante, además nunca dejó de cobrarle las clases.
-Claro, tengo que vivir, no puedo ir repartiendo mi tiempo por ahí a cambio de nada.
-Pero a ella no le vas a cobrar.
-Es una entre un millón- repetía-, entre un millón, cómo es posible que no lo comprendas.
La vida de un músico con aspiraciones estúpidas puede ser muy dura. De todos modos, seguro que no comprendió nada en ese momento. La ruptura final entre ellos se produjo cuando decidió ir con su mujer e hijos a un gran homenaje que se le dedicaba en su tierra natal. Ella, la malograda y despechada alumna, le exigió que la llevase de acompañante en vez de a su familia. Ya no podía haber entendimiento posible, creemos que el hombre ya no hizo mucho esfuerzo por explicarse: presentarse allí, en Medellín, en el teatro más importante de la ciudad, puede que del país, con su esposa e hijos, siendo aclamado por la platea más bien conservadora, a rebosar, puesta en pie, o aparecer con su ilícita amante, ya no tan joven, además, por otro lado, una cantante desconocida e incluso mediocre.

No volvimos a saber nada de él. Ni esta boca es mía.