sábado 27 de junio de 2009

VIAJES SECRETOS.

Estas cosas se aprenden con el tiempo. Cuando se es un adolescente no se repara en ello, todo es más rápido y urgente. Cuando se corrió en mi boca, tras un magistral cunilingus fruto de años de reflexión (y una imprescindible generosidad), estaba tan contento que me olvidé de todo. No me dí cuenta de donde estaba. Tocaba su piel, sus tetas subyugantes, su sexo húmedo y apretado. Olía a juventud y a frescura. Me dejé llevar (cometí un error gravísimo). Sin pensar en quiénes éramos, le pedí que encendiese la luz. A ella nunca le había gustado que lo hiciéramos con la luz encendida, decía que le daba vergüenza (pero no era cierto), se hacía de rogar, así que rogué:
-Si, por favor.
-No quiero.
-Venga, que quiero verte desnuda.
-¿Por qué?
-Para recordarte.
-¿para qué?
-Para cuando esté solo.
Se rió,
-no sé, no sé-, frase que siempre me encantó porque en realidad quiere decir “si, pero espera, sigue pidiendo, ¿me quieres? ¿por qué? ¿soy guapa? (si, si, si, si, si), ¿y qué más?

Encendió la luz. Me quedé maravillado, hacía tanto tiempo. Estaba de espaldas, vi su silueta perfecta, su melena negra le cubría la mitad de la espalda, se recogía el pelo con la mano para liberarla a mis ojos. Se hacía la remolona para darse la vuelta, su culo perfecto me observaba, estaba posando para mi. Sus piernas sedosas dieron vuelta a su cuerpo. Se mostró ante mi, pletórica, inmensa, bellísima, no recordaba su ombligo, el pelo de su pubis, negro marfil, intenso. Estaba sin respiración.
De pronto se tapó con las manos como pudo.
-¡Pero, ¿quién es usted?! ¡Socorro!
Enseguida me di cuenta, apreté el botón que me traería de vuelta. Joder, qué movida, pero como pude despistarme así, casi lo estropeo todo.
Me incorporé, me puse un té con leche y me senté a reordenar mis recuerdos. Cada vez que hago uno de estos viajes he de hacerlo, si no me volvería loco. Al poco tiempo recordé, ahora estaba claro. Al día siguiente de nuestro encuentro (no pudo callarse), me dijo que había tenido un sueño extrañísimo, que había soñado con un hombre (con un señor, dijo) que se parecía a mi. Me dijo que había sido un sueño, vaya zorra. Seguí ubicando mis nuevos recuerdos, buscando las consecuencias derivadas de este nuevo viaje. Recordé, entonces, que cuando lo estábamos dejando (yo jamás he dejado a ninguna mujer), en una de nuestras discusiones, uno de sus reproches era que nunca se había corrido conmigo (esa es una acusación muy dura que me ha perseguido toda la vida), que nunca había sido cuidadoso a ese respecto, y añadió:
-Excepto aquella vez que…
Se quedó en silencio.
-¿Qué vez?- Pregunté esperanzado y extrañado.
-Ah no, nada, nada.
Se le había escapado. Recuerdo que insistí muchísimo en que me aclarara que era eso de “excepto aquella vez que…” Me estaba dejando y además me añadía una duda terrible. ¿Se habría corrido conmigo, o se refería a otra persona?
(Hoy ya lo sé).
En cuanto al viaje requiere una serie de preparativos que hoy por hoy no me importa compartir con el mundo. Me referiré en primer lugar al momento preciso, el más indicado es después de comer, a solas, en el sofá, con el documental de la 2. el interruptor se agarra con la mano entera, y se le da al “clic” que se encuentra en la punta de mi prepucio. Se cierran los ojos y a volar, a deshacer mis entuertos.

1 transeúntes:

pepe pereza dijo...

me gusta tu cuento, peter, y como no, también tus bibujos.
abrazo