sábado 27 de junio de 2009

VIAJES SECRETOS.

Estas cosas se aprenden con el tiempo. Cuando se es un adolescente no se repara en ello, todo es más rápido y urgente. Cuando se corrió en mi boca, tras un magistral cunilingus fruto de años de reflexión (y una imprescindible generosidad), estaba tan contento que me olvidé de todo. No me dí cuenta de donde estaba. Tocaba su piel, sus tetas subyugantes, su sexo húmedo y apretado. Olía a juventud y a frescura. Me dejé llevar (cometí un error gravísimo). Sin pensar en quiénes éramos, le pedí que encendiese la luz. A ella nunca le había gustado que lo hiciéramos con la luz encendida, decía que le daba vergüenza (pero no era cierto), se hacía de rogar, así que rogué:
-Si, por favor.
-No quiero.
-Venga, que quiero verte desnuda.
-¿Por qué?
-Para recordarte.
-¿para qué?
-Para cuando esté solo.
Se rió,
-no sé, no sé-, frase que siempre me encantó porque en realidad quiere decir “si, pero espera, sigue pidiendo, ¿me quieres? ¿por qué? ¿soy guapa? (si, si, si, si, si), ¿y qué más?

Encendió la luz. Me quedé maravillado, hacía tanto tiempo. Estaba de espaldas, vi su silueta perfecta, su melena negra le cubría la mitad de la espalda, se recogía el pelo con la mano para liberarla a mis ojos. Se hacía la remolona para darse la vuelta, su culo perfecto me observaba, estaba posando para mi. Sus piernas sedosas dieron vuelta a su cuerpo. Se mostró ante mi, pletórica, inmensa, bellísima, no recordaba su ombligo, el pelo de su pubis, negro marfil, intenso. Estaba sin respiración.
De pronto se tapó con las manos como pudo.
-¡Pero, ¿quién es usted?! ¡Socorro!
Enseguida me di cuenta, apreté el botón que me traería de vuelta. Joder, qué movida, pero como pude despistarme así, casi lo estropeo todo.
Me incorporé, me puse un té con leche y me senté a reordenar mis recuerdos. Cada vez que hago uno de estos viajes he de hacerlo, si no me volvería loco. Al poco tiempo recordé, ahora estaba claro. Al día siguiente de nuestro encuentro (no pudo callarse), me dijo que había tenido un sueño extrañísimo, que había soñado con un hombre (con un señor, dijo) que se parecía a mi. Me dijo que había sido un sueño, vaya zorra. Seguí ubicando mis nuevos recuerdos, buscando las consecuencias derivadas de este nuevo viaje. Recordé, entonces, que cuando lo estábamos dejando (yo jamás he dejado a ninguna mujer), en una de nuestras discusiones, uno de sus reproches era que nunca se había corrido conmigo (esa es una acusación muy dura que me ha perseguido toda la vida), que nunca había sido cuidadoso a ese respecto, y añadió:
-Excepto aquella vez que…
Se quedó en silencio.
-¿Qué vez?- Pregunté esperanzado y extrañado.
-Ah no, nada, nada.
Se le había escapado. Recuerdo que insistí muchísimo en que me aclarara que era eso de “excepto aquella vez que…” Me estaba dejando y además me añadía una duda terrible. ¿Se habría corrido conmigo, o se refería a otra persona?
(Hoy ya lo sé).
En cuanto al viaje requiere una serie de preparativos que hoy por hoy no me importa compartir con el mundo. Me referiré en primer lugar al momento preciso, el más indicado es después de comer, a solas, en el sofá, con el documental de la 2. el interruptor se agarra con la mano entera, y se le da al “clic” que se encuentra en la punta de mi prepucio. Se cierran los ojos y a volar, a deshacer mis entuertos.

miércoles 24 de junio de 2009

BURDEL.

COMO UN DAGUERROTIPO DE UN BURDEL SACADO DE UNA NOVELA DE GARCÍA MÁRQUEZ.
dibujo con Pilot. Se puede ver con mayor detalle cliqueando sobre las fotos.

domingo 21 de junio de 2009

ASTILLAS.

El que se está ahogando se agarra a cualquier pequeña astilla. ¿Somos náufragos? Yo soy un náufrago. Derivo. ¡Por allí! Pero no. No. Derivo. Tenemos las manos llenas de dolorosas y lastimeras astillas.
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óleo sobre tabla. 23x29.
La frase "el que se está ahogando se agarra a cualquier pequeña astilla" (aproximadamente) aparece en "crimen y castigo" y en "el jugador" de F. Dostoyevsky, en momentos de intensa desesperación de los personajes. Es una sencilla frase que podría estar contenida en cualquier otra novela, cuento o texto de cualquier otro escritor. Me resultó curioso encontrármela en las dos novelas. "El jugador" fue escrita en un período de tiempo en el que el escritor descansó de crimen y castigo.

miércoles 17 de junio de 2009

DESPIERTA.

¡Pedro, Pedro! Despierta, el niño no está, ¡despierta!-. Me despertaba con sus alaridos y sacudidas, igual que todas las mañanas.
Laura volvía a la habitación de Marcos, estaba muy asustada, la escuchaba caminando excitada por toda la casa, levantaba los cojines del sofá, gritaba su nombre.Yo me levantaba despacio, caminaba a la cocina, me preparaba un café.Me miraba enfadada, como cada mañana. -Pero ¿qué te pasa? ¿Es que no ves que ha desaparecido tu hijo?
Tenía un aspecto lamentable, delgada, arrugada, descuidada, enferma. Odiosa.
Me sentaba en el sofá tomando el café a sorbos. Encendía la tele. Se ponía a llorar.
-¿Es que te has vuelto loco? ¿qué pasa?
Estaba cansado, cada mañana lo mismo. Alguna vez, hacía mucho tiempo, me despertaba antes que ella y aprovechaba para hacerle el amor. Era la única manera. Me decía, -se va a despertar, mejor después, cuando esté en el colegio-.
-No, no nos oirá, descuida. Hagámoslo rápido-
Despues cuando se levantaba y no encontraba al niño, cuando le contaba, no me lo perdonaba en todo el día, hasta la mañana siguiente.
Hacía tiempo que había perdido el apetito sexual, además sus despertares eran cada vez mas taciturnos, desconfiados. Su cara reflejaba el dolor y el terror del día anterior, y el del otro, etc. Daba verdadero asco.Durante un tiempo me esmeré en contárselo cada mañana, cada mañana volvía a pasar por ese tormento, por la pérdida, la incredulidad, los vómitos, reproches, el horror, el miedo. Y así el resto del día. Pero llegó un momento en que ya no pude mas, me sentaba y esperaba, dejaba que saliese lo primero que se me ocurría. He sido un cabrón, a veces le decía: -Tu hijo, nuestro hijo, murió hace ya siete años, tienes una enfermedad mental que hace que te olvides de un día para otro. Vete a llorar a la habitación vieja loca y déjame en paz.Actualmente la llamo por teléfono cada mañana, le explico que está ingresada en una clínica por su pérdida de memoria, y que el niño está jugando en el jardín. Yo, ahora, ya puedo llorar cuando quiera.

martes 16 de junio de 2009

INSOLENT CITY. RAFA SERRANO/VELPISTER.

CORTÍSIMO DE ANIMACIÓN DE RAFAEL SERRANO. MÚSICA COMPUESTA E INTERPRETADA AL PIANO POR VELPISTER.


PÁGINA DE RAFAEL SERRANO:
http://rafaelserranomendoza.blogspot.com/

HOSTIA PUTA.

No éramos unos jovencitos, pero aún rozábamos la adolescencia. Yo era especialmente inexperto y poquísimo inocente. Ella era inexperta e inocente a todas luces. Habíamos salido unos días y lo habíamos dejado. Es cierto, no quiero ser presuntuoso, pero la dejé yo. Me resultaba mortalmente aburrida, pero era una belleza, estaba buenísima y me amaba locamente. Ambos estábamos muy deseosos y necesitados de sexo, sobre todo yo, estaba realmente necesitado, como casi siempre (lo de casi es una ironía).
En aquel momento era realmente difícil encontrar un lugar para tener un encuentro, es decir, para follar o para meternos mano a gusto o para una mamada, cunilingus, beso negro, una cubana, un griego, morreo bestia, magreo, masturbación, petting o un miserable misionero y poco mas dadas las circunstancias. Yo adoraba el sexo como cualquier otro adolescente, pero los intereses intelectuales y enfermizos que rondaban mi mente hicieron que la dejara y me encerrase en mi cuarto a tocar el piano, a leer y a masturbarme. Era muy joven. también hacía otras cosas, pero esa es otra historia…
Me llamó por teléfono. Yo me sentí como un pavo real o un león con la melena cardada, un macho cabrío, un caballo semental con la descomunal polla colgando siendo reclamado por una diosa desconocida. El cabello erizado, me salía humo por las orejas de color rojo fuego que abanicaba con mis manos cuando nadie me veía.
Salimos a tomar unos vinos, pocos porque ninguno de los dos llevábamos demasiado dinero, por suerte se nos subía muy rápido, aunque tengo la impresión de que a mi más, igual que ahora, igual que siempre, borracho con dos cervezas.
No hablamos de nada en especial, la velada fue tan aburrida como de costumbre, es triste que no pueda recordar su voz, recuerdo la voz de las mujeres con las que he estado por el contenido de sus palabras, por alguna ocurrencia, alguna broma audaz, incluso una canción. Muchas cosas hacen que hoy recuerde la voz de todas las mujeres con las que estuve menos de esta, su aburrimiento me mataba. Yo ya sólo pensaba en la recompensa.
Ibamos de vuelta, ya de madrugada, intentando entablar conversación, pero ella no era capaz de seguirme en ninguno de mis desvaríos, así que tuve que reconocer que sólo estaba conmigo por mi físico, ya que no por mi intelecto. Sij, que desilusión.
(He de avisar llegado a este punto que físicamente, en aquel momento, era una de las personas mas bellas sobre la faz de la tierra. Exagero en todo, pero en esto no).
Llegamos a su portal, donde días atrás habíamos permanecido inmóviles durante horas antes de que ella se decidiese a entrar para que yo pudiera irme. Nunca entendí esa situación, ¿porqué no se iba ya?, era como esas parejas de novios que permanecían dentro de los coches a la puerta de las casas de ellas, esperando, quietos, sin hablar, simplemente esperando. Cuando me vi en esa situación me sentí enormenmente miserable y por esta razón y otras decidí cortar la relación.
Ahora estaba allí de nuevo, esperando una recompensa, estaba tan excitado que parecía que me hubiese metido tres gramos de coca. Ella seguía sin entender mis desvaríos y jamás reía mis ocurrencias. Era desolador, pero yo estaba esperando mi recompensa.
Esta vez no tardé tanto, le pregunté si podia besarla, y ahora si que estoy recordando el sonido de su voz al decirme que si, si, claro que si, si. Lo recuerdo vivamente.
“SI”.
Nos besamos mejor que en cualquier película, mejor que en “herida” o que Christian y Satine. Nuestras lenguas limpias y jóvenes cesaron en mi caso los desvarios y en el suyo el silencio mas cruel e involuntario para ejercer una función mas digna y necesaria.
Al poco de empezar a besarnos me invitó a entrar en el portal. Accedí inmediatamente pensando en mi recompensa, pero no sin resquemor debido a la posibilidad de que alguien nos descubriese. Ella sin embargo estaba tranquila “en este edificio sólo vivimos nosotros, no seas tonto”, vuelvo a recordar su voz con total claridad.Afuera hacía un frio glacial. Mis orejas seguían rojas y me dolían, cuando no me veía me las abanicaba frenéticamente con las manos. Dentro, en el portal antiguo, enorme, oscuro, helado, nos dirigimos hacia la esquina mas apartada. Yo tiritaba por la excitación y por el frío, pero pronto comenzamos a sudar. No negaré que alguna gota de sudor me la producía la incertidumbre, la intranquilidad, de que alguien apareciese. No sé porqué ella no me tranquilizaba repitiéndome que a esas horas nadie entraría. Qué raro, pensaba yo. En eso y en mi recompensa.
En la esquina oscura nos encontramos con la realidad de nuestros deseos, nos besamos como locos, como adolescentes, como adultos que se besan por primera vez, como viejos, como la humanidad entera. He de reconocer que recuerdo cierta violencia al tocar sus pechos, no eran los primeros que tocaba, pero siempre me olvidaba de lo blandos que eran, no sé porqué, siempre los imaginé duros, no como piedras, claro, pero mas contundentes, con mas entidad. Será porque no mamé, nací débil y me mandaron a la incubadora. Qué sé yo. Aún hoy me extraño.
Me turbaba profundamente que ella no opusiese resistencia. Mis manos estaban débiles de asombro. Ni un solo “no” o “espera” o “suelta” o “déjame” o “¡quieto, coño!”. Sólo besos y abrazos. Y yo, que esperaba mi recompensa, decidí, dada la situación, comenzar a bajar mi mano temblorosa muy despacio por su barriga planísima hacia el comienzo de su pantalón. Lo recuerdo perfectamente, era negro y ajustado, nada vulgar pero sexual, increiblemente sexual. Intenté abrirme camino hacia su coño, pero no lo conseguía y mi mano resbalaba torpemente mientras mis ojos se ponian en blanco y el frio glacial de fuera se convertía en fuego en mi interior. Ella estaba tan entregada que corrigió la dirección de mi mano hacia su costado izquierdo, donde se encontraba la cremallera.
Colocó mi mano, de manera elegante aunque extasiada, para que yo realizase la acción de desabrochar y bajar la cremallera. Nada mas abrir sentí una calidez maravillosa, amable, acogedora. El pantalón era ajustado así que una masa de carne lisa y suave se abalanzaba sobre mi mano a medida que me abría paso. Cada vez sentía más calor. Más y más. Mis orejas hervían, y no tenía manos para abanicarlas. De vez en cuando hacía alguna broma al respecto, pero ella no las entendía y no se reía o hacía que se reía y yo me daba cuenta, así que me concentré en la situación física y aparté de mi voluntad cualquier intención de intelectualizar la cópula.Mi viaje continuó con parsimonia y lentitud. Seguíamos besándonos con ardor y pasión, en este momento no me parecía una persona aburrida, si me hubiesen preguntado entonces habría contestado que esta persona que me abrazaba era imposible que fuese muerma o aburrida, porque yo ya había dejado de pensar como un ser humano, era un animal, pero mi extremado civismo me impedía convertirme en un salvaje. A medida que me iba acercando a su coño, me deslizaba despacio para no lastimarla y preparando mi sorpresa, también iba despacio debido a la peculiar contorsión que adquiere el brazo cuando está realizando esta función esencial. Cada vez era mas ardoroso mi camino y ella respiraba con mas excitación, hasta que por fin mi mano no avanzó mas.
En este momento he de explicarme con claridad. Cuando tropecé con los pelos de su sexo, ralenticé mi marcha ya de por sí lenta. Esta había ido avanzando en gran medida ayudada por las inspiraciones y expiraciones de ella, que hacían que mi mano se adentrase sinuosa y alegre como una culebrilla. Me sentí feliz al hallar la pelambrera, no sé por qué. Estimo que un coño ha de ser peludo, pero eso lo considero hoy, que está de moda la depilación total del vello púbico, de aquellas me alegré sin saber porqué.
(…)
Voy a rectificar, si que sé porqué me alegré, yo no había tocado muchos coños, ni siquiera muchas tetas, como”coño” no iba a alegrarme?
Siempre fui un amante generoso, y aunque seguía pensando en mi recompensa, me concentré en las caricias de mi amada, y ahora me voy a centrar en la narración, que comienzo a divagar como si esto fuera una fantasía, y no lo es.
Mi mano se frenó porque encontró su objetvo. En este momento entraron en funcionamiento los dedos, ya que se trataba ahora de algo mas táctil.

Me encontré con su clítoris. Su clítoris. Su clítoris. Su CLÍ-TO-RIS.

Es cierto que yo no era un amante experto, pero no era la primera vez que tocaba un clítoris, aunque he de decir que uno como aquel es casi imposible que ya vuelva a tocarlo. Era enorme, tan grande que abarcaba mi mano. Sedoso y húmedo, maravilloso, cálido. Cada caricia, cada movimiento de mis dedos en busca de placer eran correspondidos con ligeros y tímidos jadeos. Yo seguía deseando mi recompensa, pero también, al ser un amante tan generoso, en ese momento sólo me inquietaba su placer. Estaba deseando que se corriera, que se corriera en mi mano, en toda mi mano. El orgasmo no llegaba. Eso a mi no me producía ninguna molestia, y a ella menos, así que continuamos así durante un tiempo yo diría que largo, teniendo en cuenta la dificultad de medir el tiempo en una situación de dicha suprema.
Estábamos a oscuras. Había pasado media hora desde que su clítoris habia llenado mi mano por primera vez, y así seguíamos, felicísimos y casi en silencio, sobre todo yo, que aún seguía esperando mi recompensa. Mi mano, después de media hora en la lucha, se sentía algo torpe, ya que la posición que ha de adquirir en esta situación es forzada y retorcida. Pero sobre todo se encontraba arrugada como una uva pasa, como cuando sales de un baño de media hora en agua caliente. Estábamos llegando al clímax deseado, después del cual yo obtendría mi recompensaaaaaa!
Y se encendió la luz.
HOSTIA. Pensé yo. Que cojones pasa, tía.
-Nada, nada. Es Eustaquio, el novio de mi hermana, que se va y está bajando.
-¿Eustaquio?, pero qué mierda de nombre es ese?
Nos colocamos como pudimos.
Yo con mi mano adormecida y arrugada, suerte que no tenía nada que abrochar (hostia puta).
Ella sin embargo se colocó rapidisimamente, y en vez de ponerse nerviosa, estaba como contenta de que bajase su futuro cuñado y me dijo, no pasa nada, ahora te lo presento.
-¿AHORA TE LO PRESENTO?- pensé.
-¿Es que no sabes como nos presentamos los hombres?-. Yo tenía la mano dentro del bolsillo de mi trenca, adormecida e inmóvil, pringosa, con los dedos pegados. Me negaba a limpiármela con el abrigo, algo me lo impedía. Ella seguía tan contenta y mientras, Eustaquio, bajaba lento y parsimonioso, como si buscase un clítoris. Ella me repetía –ven, no seas tonto. Yo decía, vámonos CÓÑOOO!. Pero cedí, no sé porqué razón, quizás por la recompensa que estaba esperando.
Cuando nos vió, evidentemente se dio cuenta de lo que había estado ocurriendo. Igual que yo pensó, pero neniña, ¿me vas a presentar a tu novio? ¿Es que no sabes como nos presentamos los hombreeees?
Yo, viendo que el final era inevitable, me froté frenéticamente la mano en el interior del bolsillo de la trenca, mientras ella me arrastraba del brazo, sonriente y feliz hacia Eustaquio, que miraba mi mano dentro del bolsillo, que me miró a los ojos cuando me la ofreció. En el camino hacia el encuentro de las manos observé un pelo que por un acto reflejo sacudí al aire, por supuesto se dio cuenta, y vió el pelo pegado en mi mano (en un dedo), vió como yo me di cuenta y lo sacudía y vió también como volaba el pelo. Todo eso ocurrió en el momento en el que nuestras manos iban a chocarse.
Estuvimos unos minutos parados. Eustaquio resultó ser tan aburrido como la familia de ella, y en unos minutos se sucedieron pequeños diálogos de lo mas tediosos y fastidiosos.
Por supuesto se hizo tarde, ella se fue muy, pero que muy feliz a su casa, y yo atravesé media ciudad hacia la mía, gracias que el frío aplacó mi animalidad (hostia puta).
Cuando llegué, me metí en mi habitación.

A leer.

lunes 15 de junio de 2009

EL ÚLTIMO TANGO.

Nunca supe su nombre. Tampoco ella el mío. Un día le comenté que la situación se parecía al último tango en París, pero no había visto la película. Algunas veces me he preguntado (porque lo he olvidado) cómo llegamos a esa habitación de hotel, cómo fuimos capaces de mantener una relación tan extraña. Seria, aunque sostenida únicamente por el sexo.
(Creo que nos enamoramos).
No hablábamos demasiado, yo no sabía nada de ella ni ella de mí. Necesitaba aquella rutina de los miércoles. Uno de los dos siempre llegaba en segundo lugar, nos encontrábamos en la ducha. Estaba buenísima, su piel, su melena negra, su sonrisa, su mirada de satisfacción cuando me veía llegar o cuando me encontraba, su voz, la voz de sus gemidos, de sus alaridos, de sus risas. Es cierto que se parecía demasiado al último tango, algo mas sórdido y mucho mas real. Disfrutaba especialmente cuando practicábamos sexo oral, me encantaba como se apretaba contra mi boca.
(Descansábamos un rato).
A veces, como si fuéramos adolescentes, nos morreábamos interminablemente intentando batir un nuevo récord, o dormíamos, o nos insultábanos, o nos acaramelábamos y nos reíamos, siempre nos reíamos, y después siempre hacíamos el amor. Nos follábamos, otra vez y otra.
(Nos despedíamos satifechos y escocidos).
Permanecíamos a menudo a oscuras, únicamente se colaban algunos rayos de sol a través de las rendijas de la persiana. Recuerdo la humedad de la cama, el calor rezumaba su cuerpo perfumado. Las sábanas estaban arrugadas y revueltas, eran muy incómodas y molestas, aunque hoy que las recuerdo, las extraño.
( Nunca he tenido una relación tan seria con una mujer).
Si, se parecía mucho a la película. Me enamoré, no sé si poco a poco o de repente, o si ya estaba enamorado antes de conocerla, pero cuando me dí cuenta desapareció,
(desaparecimos),
no he vuelto a verla. No la busqué porque jamás hubiese podido encontrarla, es como si nunca hubiese tenido lugar, sólo me quedó el recuerdo, lo cual resulta indiferente, insuficiente, a la hora de decidir si de verdad ocurrió. Me cuesta, después de tantos años, distinguir si todo fue real o si fue mi imaginación solitaria. Qué fueron, ¿lo mejores polvos de mi vida o las mejores pajas?
(Si al menos supiese su nombre).
Muchas veces pensé que si ella hubiese querido encontrarme tampoco podría, por eso sigo yendo todos los miércoles al hotel, a la misma habitación, me ducho como siempre lo hacía, la espero. Desgraciadamente no aparece, entonces me echo en la cama húmeda, acalorado. Me masturbo.
(Vivo entre la obsesión y la masturbación).

Si al menos supiera su nombre.
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Cuadros:
CORAZÓN DILUIDO. óleo plastificado/tabla. 120x74
MUJER ROJA. óleo/tabla. 120x110

viernes 12 de junio de 2009

LO HICIERON TANTAS VECES.

Le insistieron tanto que terminaron convenciéndole. Hacía mucho tiempo que no practicaban este juego. Pensó que en otras circunstancias jamás estaría allí plantado. Tenía fe ciega en él. Sabía que era un profesional, recorría todo el mundo ganándose la vida así. Además Ramón era su mejor amigo. Se puso delante del tablón improvisado, otras veces Ramón ponía mas pegas, pero esta vez buscó él mismo la manera de llevarlo a cabo. Tenía todo lo necesario en el maletero del coche. Como era muy responsable, no se hubiera ofrecido a hacerlo si hubiese bebido una sola gota, así que Fran estaba relativamente tranquilo. No era la primera vez, de hecho había servido de coballa en varias ocasiones, y aunque no era algo que le encantase, nadie mas que él se atrevía. Se colocó. Todos se reían y le avisaban, -no te muevas Fran, sobre todo no muevas un pelo-, se reía –aquí quisiera veros yo, cagaos-. Ramón no se reía, estaba concentrado. Fran vio llegar a Belén, tenía los ojos rojos. Parecía que había estado llorando. Acababa de estar con Ramón, su marido, hablando en una esquina del jardín. Cuando vio lo que estaban haciendo se quedó perpleja.
Hubo entonces un confuso intercambio de miradas:
Belén abrió los ojos.
Fran hizo un gesto de extrañeza.

B. trató de serenarse, no te muevas, le intentaba decir.
F. acentuó su gesto de confusión, ¿qué pasa?
B. forzó una mirada de placidez. No pasa nada.
F. ¿me voy?
B. miró hacia otro lado.
F. ¿me estás indicando que me vaya?
B. se puso nerviosa por los nervios de F., para no provocar una mayor confusión se dio la vuelta en un rápido movimiento.
Ramón cogió un cuchillo.
Fran lo entendió enseguida.
-Joder, lo sabe. Lo sabe.
En el momento en el que Ramón lanzaba su primer cuchillo, Fran se movió nervioso. A día de hoy, nadie se puede explicar porqué se movió de esa manera, el cuchillo se clavó en un ojo, matándolo al instante y provocando un escandaloso reguero de sangre. Se oyeron los típicos gritos que se suelen oír en los circos, las mujeres se tapaban los ojos, también los hombres. Algunas personas se ocultaron para vomitar, gritos histéricos, llantos. Nadie se lo podía explicar, lo habían hecho tantas veces.