sábado 29 de agosto de 2009

EL PERFECTO Y AISLANTE SILENCIO DEL CAMPO.

Le gustaba trabajar en la casita a la que acudía en la Galicia profunda, apartada, sin vecinos, sin molestias de ninguna clase, sin teléfono ni Internet ni ordenador ni t.v. Sólo la radio, día y noche.También tenía el móvil. Estaba tan aislado que el silencio se podía escuchar.

Trabajaba con cuchillas de precisión. Las utilizaba para pintar. Pintaba cuadros para galerías convencionales y para ilustraciones de cuentos, etc. Nada importante en realidad, apenas le daba para mantenerse.

Estaba disfrutando especialmente con el cuadro que estaba pintando.

Se tomó unas cuantas cervezas y se fumó unos cuantos canutos a lo largo de la jornada. Hacía calor. Le encantaba el calor del verano de Ourense, del interior de Galicia. Entre 40º y 45º, a veces más. Cuantos más mejor.

(sudaba).

Se le caían las gotas de sudor por la nariz. Se hidrataba constantemente con cerveza barata. Lo peor de este lugar eran los bichos: moscas, hormigas, tijeretas, abejas y avispas, sin olvidar a las arañas, nuestras amigas, entre otras especies como mantis, polillas y fieros mosquitos, mal llamados cínifes.

(Tenía verdadera fobia a las avispas).

En este momento estaba utilizando la cuchilla para una operación de precisión concreta, requería concentración y paciencia. Estaba algo borracho y fumado, a gusto, sudoroso, trabajando duro. Muchos hubiesen dicho que tocándose las narices:

“ ¡Un pintor, un artista, ya ves! ¡¡Sssrrchuuurrrfsglsrghjjj!!”

(escupitajo al suelo).

Sintió algo en la zona interior del brazo izquierdo, a la altura del bíceps, a medio camino entre el sobaco y el codo.

(Ahí exactamente).

Miró. Se espantó al ver que era una enorme avispa que se paseaba impasible por esa delicada zona de su piel. Como en un acto reflejo se la espantó con la mano derecha. Sintió un punzazo y pensó que la puta avispa le había picado.

(¡Puta, joder!).

Comenzó a salir un reguero de sangre. Era un chorro escandaloso, espantoso y definitivo. Se había cortado con la cuchilla que sostenía en la mano derecha. No podía ser bueno que tanta sangre se le escapase del cuerpo. Debía de estar perdido, pensó. Era demasiada sangre. Intentó llamar por el móvil, pero ya la sangre había cubierto la mesa y todo lo que contenía, además tenía las manos llenas de óleo.

Estaba tembloroso. Recordó lo de la película. Debía de estar muriendo. Vería su vida en un instante, como en una película, pero la única que vio fue una de Kim Basinger muy mala, no era siquiera la de nueve semanas y media. Se trataba de una escena en concreto en la cual Kim cortaba con una cuchilla a uno de los malos exactamente en el mismo sitio, y de donde salían litros y litros de sangre. Recordó que la Basinger decía al criminal y asesino:

“3º de anatomía, vena tal y cual, se vacía de sangre el cuerpo en unos segundos. Lo siento”.

Se ve que la tipa era o había sido estudiante de algo relacionado, pero no alcanzaba a recordar.

El delincuente se caía al suelo con los ojos desorbitados diciendo “puta”.

(¡Puta, joder!).

Pensó en cómo lo encontrarían al día siguiente, o varios días después, lleno de sangre, con la cabeza sobre el cuadro de óleo fresco, multitud de latas de cerveza y colillas de canuto llenando todos los ceniceros de la casa, la adorada casa de su suegro, llena de sus cuadros que no entendía ni le gustaban demasiado.

¿Se habría suicidado? Si, claro. No puede haber otra explicación.

(Loco).

Pero qué manera tan extraña de suicidarse. Algunos dirán:

“Ya ves, un pintor, un artista, ¡¡Sssrrchuuurrrfsglsrghjjj!!”

(Escupitajo al suelo).

Murió diciendo como el criminal de la película que se empeñó en ver antes de morir:

“Joder, vaya puta vida…”

(¡Puta, joder!).

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Cuadro: Árbol. óleo plastificado/tabla. 100x100

miércoles 19 de agosto de 2009

LA CARRERA.

Los gemelos jugaban por las calles de un país extranjero. De un tirón arrancó de la mano de su hermano la llave de la habitación del hotel. Cruzó la calle corriendo. Un frenazo. Un golpe. Se levantó cojeando. La rueda había pasado limpiamente su pie derecho. El golpe le tiró al suelo con una extraña contorsión. Era una cojera histriónica, llena de dolor y miedo.

- No fue nada, tranquilo- le decía a su hermano, que se había quedado paralizado de horror en el bordillo.

- No fue nada, nada-, repetía arrastrándose por el asfalto. Presentía que saldría corriendo.

(No te vayas, no te vayas).

Se marchó corriendo y llorando en busca de sus padres que venían más atrás, mucho más atrás, caminando por las calles de aquel tranquilo país.

(Miedo. Solo).

Un tumulto cariñoso y preocupado, monstruoso y aterrador, se acercó al niño. Le preguntaban si podía andar,

(Estás bem?Podes caminhar?Podes-te pôr de pé?)

Pero él sólo veía a su hermano corriendo espantado, llorando, alejándose. Cada vez más lejos.

Ya no lo veía.

(¡No te vayas, no me dejes aquí!).

Comenzó entonces a llorar sin demasiada convicción. Hasta ese momento no había soltado una lágrima, apenas sentía dolor.

Al poco tiempo, un tiempo interminable, un gigante danés llegaba corriendo. Apartaba a manotazos a todos los liliputienses abriéndose camino hacia el chaval, rabioso, con los ojos muy abiertos, sin dificultad aparente.

Se abrazaron y por fin lloró todo el llanto del mundo, sintió el dolor con toda claridad, pero ya no tenía miedo.

El gigante estaba sudoroso, temblaba y jadeaba por la carrera. Era asmático.

Yo sólo quería abrazarle.

(Por fin llegó papá).

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Retratos de Magnus Jensen. Óleo plastificado sobre tabla. 43x30