Los cumpleaños, las babas, los gérmenes, los deseos futuros, los que parecen cumplirse, la ausencia, la vuelta a la celebración, los gérmenes, la enfermedad del beso (y nadie jamás te ha besado), la vela única con una cifra: 70, 80, 90, los deseos que no se cumplieron, ni uno solo, los gérmenes, la soledad. La muerte... eso se celebra.
Ya no hay fuelle, si coges mucho aire has de tener cuidado al soplar para que no se te escape la dentadura, eso si puedes pagarla. La señora Rosalía cojeaba en su pocilga de piedra, con las piernas acribilladas por los picotazos de las avispas que anidaban en la balconada de entrada a su casa. Al pasar por allí, cualquiera tenía que hacer un esfuerzo por mantener las formas y no huir como un niño ante el acoso brutal de decenas de avispas. Ya no sentía su veneno. Cojeaba porque el peso había destrozado sus rodillas y por la diabetes. Reía escandalosamente. Era feliz. Preparaba un café nauseabundo que no se podía rechazar.
Un día se la llevaron a una residencia. Cada día preguntaba cuándo volvería a casa, cada día con menos fuerza. Recuerdas aquel cumpleaños, cómo escupió sobre la vela, llenó toda la tarta de babas, ya no preguntaba cuándo se iría, miraba a la ventana, silenciosa, ni una sola de sus risotadas repentinas, ya ni siquiera hablaba. Nunca olió tan bien ni estuvo tan limpia. Hicisteis como si nada, como siempre, mejor que se pase rápido, cada cual que se coma su pedazo de tarta en silencio y rápido. Nada de champán, unas medias de regalo, un pañuelo bordado, un mandilón y unas zapatillas de vieja.
Y así, tan impoluta, murió el día de su cumpleaños. Después de llenar la tarta de babas, estoy seguro, escupió todo el veneno de las avispas que durante años la picotearon y que aun hoy anidan en la balconada de entrada a su casa vendida. Todos enfermasteis, alguno de gravedad.
Se cumplió su último deseo.
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Cuadro:
La flor de Rosalía. óleo plastificadotabla.120x110

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