Evidentemente sabía que follaría esa noche. Si retomamos el principio de esta historia recordaremos que estaba en uno de esos momentos que se parecen a las crisis creativas por las que los artistas pasamos en algún que otro momento. Llevaba meses sin follar. Meses. Estaba, además, borracho, fumado y encocado.
Nos dirigimos a su casa. Vivía en la parte vieja, en un edificio rehabilitado muy bonito, al lado de la Plaza Mayor. No tenía ascensor, era el 5º. No podía comprender el enorme culo de la gorda si tenía que subir y bajar varias veces al día aquellas escaleras. El piso era muy acogedor, parecía de estudiante progre con dinero. Muchos libros variados, olor a pachulí, colección de CD de música clásica y otras. Preparó un té y puso las Gnossiennes de Satie.
-Vaya, estas las toqué hoy.
De repente recordé a la jovencita del público. Le pedí que las quitase, que pusiera otra cosa que no fuera música clásica. Puso a Leonard Cohen, Chelsea Hotel.
-¿Sabes de qué va esta canción?
-No.
-¿Entonces por qué la escuchas?
- Porque suena bien. Qué pasa ¿Tú entiendes todas las óperas de Wagner?
- Vaya- dije-, sí, eso es cierto, las dos cosas son ciertas, aunque sí sé de qué van.
Le expliqué, fui traduciendo poco a poco.
Estábamos sentados en el sofá. Acababa de poner el té sobre la mesa. Lo cogí, estaba hirviendo, entonces me dispuse a besarla, pero con mi ímpetu calenturiento y etílico se lo tiré por encima de la pierna.
-Vaya, quema- dijo conteniendo un grito.
Estaba tan caliente que aguantó el dolor y empezamos a morrearnos. Lanzaba unos grititos extrañísimos, quizás si fuera una tipa despampanante, por ejemplo la chavalita del concierto, me habría excitado más, pero viniendo de ella sólo me resultó curioso, especialmente porque aún no había empezado a manosearla por ningún lado. Era una mujer considerablemente voluminosa, no sabía muy bien por donde empezar, así que le propuse que nos fuéramos a la cama.
-Tengo la regla, ¿te importa?
-¿Que si me importa tía?- pensé -. Mira una cosa, estás gorda, eres muy mayor para mi, no eres precisamente una belleza, tus encías tienen un color de lo más extraño que no consigo distinguir, y yo estoy aquí, borracho y dispuesto a follar contigo, a que me folles, ¿y me preguntas que si me importa?
-No. Si a ti no te importa, a mi tampoco.
Era administrativa en el SERGAS y, entre otros beneficios, se ve que tenía gratis y de por vida aprovisionamiento de condones. Tenía en una de las estanterías del dormitorio una caja enorme llena de condones, debía de haber por lo menos 300. Se conoce que la tía tampoco follaba mucho. Estaba tan desesperada como yo. Seguía lanzando grititos rarísimos, aunque ni siquiera la había tocado. Cuando estábamos en la cama, preparados para follar, ella estaba debajo y decidí colocarla adecuadamente. Puse las palmas de mis manos bajo su inmenso culo y la moví para que fuese más fácil embestirla. Era tan pesada que no conseguí moverla ni un milímetro, y me dio un tirón en la espalda.
-¡Ay!-¿Qué pasó?
-Nada, nada. Es que me gusta que te pongas así.
Se colocó y follamos. Fue desastroso, no nos corrimos ninguno de los dos. A Leonard se la seguía chupando la Janis. Nos quedamos dormidos. No era una cama de matrimonio, o puede que sí, pero de todos modos dormí agobiado por la resaca, la falta de espacio y el calor. Era verano, por cierto. El calor de Ourense en verano es legendario.
A la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza insoportable, la habitación estaba a oscuras. Leonard cantaba Suzanne por enésima vez. Seguía teniendo, a pesar de la resaca, unas irreprimibles ganas de follar, así que cogí un condón y me propuse acabar lo que había empezado. Ella estaba dormida, decidí colocarla otra vez para que fuera más fácil, pero ahora sabía que tenía que hacer un esfuerzo doble, o triple si añadimos que estaba profundamente dormida. Volví a colocar mis manos debajo de su culo e hice fuerza. De nuevo no se movió ni un milímetro, pero esta vez algo sonó en mi espalda, en mi columna concretamente. El dolor fue insoportable, nunca fui una persona quejica, pero no pude reprimir un grito de sufrimiento.
Se despertó sobresaltada.
-¡Qué pasa! ¡Quién eres tú!
Me empujó de la cama y caí torpemente al suelo. Me dí un golpe en la cabeza y perdí el sentido.
Cuando me desperté un grupo de sanitarios contaban del uno al tres y me movían al unísono a una camilla. El dolor seguía siendo insoportable. Me inmovilizaron y me llevaron al hospital. A un lado estaba ella, la gorda, la hija puta, ahora la veía bien, fea, gorda, con los dientes ennegrecidos por la piorrea. Me dolía muchísimo la cabeza y la espalda. Había vomitado y apestaba.
Continuará.
Mañana a la misma hora exactamente la última entrega.
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Ilustraciones:
Mujer roja. óleo sobre tabla 122x110.
Abierta de piernas. tinta pilot en papel.
La mujer roja se vende, para quien la quiera es suya por 300 Euros más gastos de envío.