Siempre me he preguntado por qué no me gusta la compota de manzana. Es extraño, la cocción de la fruta da como resultado una pasta de sabor suave y dulce, aroma exquisito y hermoso color. Debería gustarme. Siento la necesidad de analizar este sentimiento de rechazo. He buscado la razón en mi memoria. Todo tiene una explicación si se busca en los recuerdos, y creo que la he encontrado:
Cuando era un niño, al llegar el mes de septiembre u octubre, la casa se llenaba de manzanas. Eran manzanas inevitablemente ecológicas, crecían tal cual, con gusanos y toda clase de bichos en su interior. Mi tía Candita, que era un personaje real creado para las pesadillas, era la anciana dueña de un buen número de manzanos (y otras muchas propiedades) cuyos frutos de ninguna manera se podían echar a perder y de los que éramos afortunados herederos. Todo se llenaba de manzanas. Debían extenderse bien para que no se pudriesen. Ocupaban armarios, esquinas, cajones, alacenas, la terraza interior, el baño, debajo de las camas. Allí donde hubiese un hueco se llenaba con manzanas. Llegado el momento se cocían para hacer compota. Semanas y semanas de compota. Todo olía a compota de manzana. Todos los postres se componían de compota de manzana, todo sabía a compota de manzana. No sé en qué momento empecé a detestarla, pero la aborrezco desde que soy capaz de recordar.
Este análisis no me satisface y busco otras posibles razones.
Pensando, ahondando en mi memoria, recuerdo algo que ocurrió una noche. Como éramos una familia numerosa, de nueve miembros en total, no había más remedio que compartir los dormitorios. A mí, el pequeño, me tocaba dormir en la habitación de la tía Candita. Roncaba como un diablo, puede que por ser músico, o puede que sea por eso que soy músico, no lo sé, pero recuerdo con exactitud la cadencia escalofriante de sus apneas. Desde entonces no consigo dormir bien.
Cuando entraba a acostarse (se suponía que yo debía estar dormido), se desvestía con la luz apagada, resoplaba constantemente por el esfuerzo de quitarse toda la ropa que llevaba. Oía como desataba infinidad de cordones enlazados, cómo se quitaba fajas y corpiños. He de confesar que recuerdo con agrado esos sonidos. Podía sentir cómo su cuerpo fláccido se relajaba al liberarse de tal tortura. Siempre acompañaba su parsimonia de largos y sonoros pedos. Supongo que me acostumbré, ya que no recuerdo que ninguno de los pedos de la tía Candita fueran olorosos, además he descubierto con los años que la flatulencia se hereda, se hereda en su dinámica y agógica. La noche a la que me refiero la tía me despertó como de costumbre. No sé que hora sería, digamos que las tres de la mañana. Hablaba sola. La primera vez que ocurrió me asustó mucho (era tan pequeño), pero pronto me acostumbré. Aunque solía ser respetuoso con sus soliloquios, a veces hacía algún ruido o algún tímido comentario para que lo dejase. Aquella noche no. La dejé hacer. Todo estaba lleno de manzanas. La tía hablaba sola, establecía un diálogo imaginario con mi madre quien, al parecer, no le dio bien de cenar. Se despertó en plena noche con un hambre voraz y entre mordisco y mordisco a oscuras de manzanas ecológicas, dialogaba con muy mala leche acerca de su escasa cena. Aprovechó para hacer pis en su bacinilla, operación que repetía todas las noches sin falta. Puede que por ser pintor, o puede que sea por eso que soy pintor, no lo sé, pero me la podía imaginar, anciana con sobrepeso, agachada con esfuerzo sobre la pequeña bacinilla blanca con asas, con una manzana en la mano que comía ávidamente, despotricando a oscuras, orinando. Desde entonces meo con dificultad.
Y yo estaba allí, escuchándolo todo.
Está claro que mi tía tiene que ver con mi odio a la compota de manzana, pero eso no era suficiente, tenía que ahondar más, seguía sin estar conforme.
Muchas noches me despertaba sobresaltado con espeluznantes gritos de mi tía, chillaba -¡Becerro, borracho, becerro, ladrón! Supe más adelante que se refería a mi tío, su difunto marido, Cesáreo Parada Justel (mucho cuidado). Parece que en estos insultos incluía también a mi padre, pero eso es sólo figurativo o hasta puede que casual. Más adelante supe también que insultaba a su marido porque no le dio hijos, era estéril. Además tenía una querida a la que mantenía, cosa que era muy común en aquella época en las familias pudientes, pero no por eso menos doloroso para las sufridas esposas. Supe también que siempre estuvo sola, que había deseado tener hijos, que el cabrón (becerro) ese no se los dio, que no la hizo feliz, ni siquiera un poquito, que debía ser un gilipollas de mucho cuidado, que la hizo sufrir hasta el límite, y que cuando se quedó viuda no tuvo paz, ni mucho menos, se vino a vivir con nosotros o, mejor dicho, nosotros (todos nosotros) con ella. Que no la quisimos, no la quisimos nada, porque era odiosa, un verdadero personaje de pesadilla, y que yo la escuchaba llorar todas las noches, todas, sin excepción. Puede que por ser escritor, o puede que sea por eso que soy escritor, no lo sé, pero todas las noches la oí llorar y así comprendí algo de la desdicha humana. Desde entonces soy un miserable. Todas las noches lloraba sus desdichas, todas las que he contado y otras, lloraba desconsoladamente mientras se comía sus manzanas.
Creo, por fin, que esa es la razón por la que cada vez que veo, huelo o pruebo compota de manzana siento un profundo rechazo, mezcla de asco y pena. Una extraña sensación para un alimento.
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Dice la Susana que es el cuento más "tierno" de lo que soy capaz. Puede. En los próximos días no sé aonde andaré. me mudo, tengo ganas de hablar de eso, pero aun no, no sé aonde andaré porque tengo que trasladar la línea, la zona parece que tiene muy baja cobertura de internet, pero mal será. Quiero dar las gracias a los que en los últimos días (o en cualquier momento) me han echo algo de caso (sin merecerlo, claro), espero no olvidarme de nadie (y si es así que me lo diga, please):
insólitos de joaquín piqueras, el viento que agita la cebada de Mario Crespo, en asperezas de Pepe Pereza, en desde las lindes del sur de Voltios o Ángel Muñoz, en el blog el alma disponible de Ana Pérez Cañamares. Mil gracias. Si me olvido de alguien que me perdone.











