martes 27 de septiembre de 2011

ORGULLOSO TRABAJADOR DEL ARTE



Nunca me he arrepentido de dedicarme a lo que me dedico, por mal que fueran las cosas, que fueron, por mal que sigan yendo, que van, o por mal que pudieran ir, que irán. La prueba de eso es que aquí sigo, con las mismas ganas del primer día, mismos sueños e ilusiones, misma pasión y dedicación.
Estos días estoy promocionando el DVD que auto edito, “cola para genocidio”.
Voy a explicar por qué es este el trabajo del que más orgulloso estoy desde que me dedico profesionalmente al arte, que ya son unos cuantos años.
Empezaré refiriéndome a la parte técnica: de todas mis creaciones, esta es la primera que abarca todas las disciplinas que desde hace tiempo cultivo y que conseguí aglutinar correctamente (a mi modo de ver), haciendo posible su relación con otras si se diera el caso, como el teatro.
En lo que se refiere a lo estrictamente artístico creo que me he acercado al máximo grado de excelencia del que ahora mismo soy capaz, tanto a nivel musical como pictórico, también en la parte literaria, con textos lo suficientemente expresivos. Trabajé todos estos aspectos durante años, sin obsesiones egocéntricas, sin prisas, sin pausas, con toda mi alma pero con la máxima humildad. Eso sí, que nadie se piense que he caminado encogido todo este tiempo pensando que lo que hacía era una mierda, puede que en algunos momentos, pero en general siempre he pensado que lo que estaba haciendo merecía la pena el esfuerzo y su publicación.
En lo que se refiere al precio, a su mercadeo, la parte comercial que ha de existir para que yo pueda seguir trabajando es, seguramente, de lo que más satisfecho me siento. Por dos razones fundamentales.
1ª- Porque me relaciono principalmente con artistas underground, como yo, marginales, escritores, poetas, pintores y demás calaña creadora que siempre anda al límite, como yo mismo estoy constantemente y, sin embargo, muchos me han hecho un encargo o me han dejado claro que en cuanto puedan, más adelante, si es que queda alguno de la serie, me lo pedirán y pagarán. Evidentemente no por motivos caritativos, sino por verdadero interés, así lo he entendido. Por supuesto no todos los que me han encargado el DVD son artistas sin recursos, también médicos, abogados, periodistas, etc. me han hecho un pedido.
2ª- Porque he decidido cobrar por este objeto artístico lo que yo creo que es estrictamente razonable, sometiéndome a mí mismo y a los compradores al comercio justo, cada euro que gane con esta serie será un euro bien ganado, trabajado, tendrá un valor real, porque me servirá para salir adelante por un tiempo y porque los compradores sentirán que  tienen algo que durará toda la vida y que está bien hecho, por lo que no han pagado precios absurdos que no tienen nada que ver con la realidad ni con el arte. Por eso me siento tan satisfecho, porque yo no vendo esto para enriquecerme sino para ganarme la vida, con el sudor de mis manos, y porque los que me lo han comprado no lo han hecho (necesariamente) pensando en una inversión, sino en  poseer algo bello, algo único, algo hecho con sudor artístico, con pasión creadora, con vocación irrevocable, con toda mi alma y mis vísceras.
Por eso estoy tan satisfecho y por eso os doy las gracias.
Hace no mucho decidí poner fin a cualquier trato profesional con mercaderes del arte, es decir, con galeristas, marchantes o agentes que se detienen poco en la calidad artística y mucho en la coyuntura económica, en la moda creativa o en la única ambición de vender y ganar dinero. Aclararé que no estoy en contra de la ganancia empresarial, tampoco yo (seguramente) renegaría de una ganancia excesiva, pero sé que entonces lo consideraría ganancia empresarial, no artística, repito que no es de eso de lo que estoy en contra. De lo que no estoy a favor es del emputecimiento artístico, de su degenerado discurso actual. Hace poco me di cuenta de que mi pretensión con el arte, con la vida artística y con mi permanencia en ella dependía de dos factores absolutamente opuestos. Por un lado mi honestidad, mi inocente honestidad, darlo todo, dejarme la vida, no claudicar, pasara lo que pasara. Por otro lado mi ambición comercial, exponer en grandes galerías, Londres, New York, París, marchantes prestigiosos, codearme con la élite cultural que a su vez se codea con otras élites que no tienen nada que ver con la cultura y el arte. Me sentía frustrado: nadie llama a mi puerta, cuando soy yo el que llama, nadie me abre, nadie quiere, siquiera, ver mi trabajo, acercarse a él, intentar entenderlo. Por fin comprendí que no se trata de eso, que todo eso no tiene nada que ver con el arte ni con el mundo del arte, no es más que mercadeo, petulancia, arrogancia imbécil, allí era donde yo quería llegar, ansioso y ambicioso. Llegar a pintar tablas que valiesen millones, hacer la primera mierda/tontería que se me pasase por la cabeza y esperar que cayesen las babas de los acólitos llamándome genio y pagando millonadas por semejantes mierdas. Hace años conocí a una pintora. Siempre he sentido respeto por el trabajo de los demás, independientemente de si es bueno o no. Me refiero a respeto, otra cosa es que vaya a alabar algo malo como un berzas gilipollas. El trabajo de esta mujer era malo, muy malo, objetivamente pésimo, pero era su trabajo, no sé cuánto tiempo le dedicaría, pero era su trabajo. Coincidimos en un grupo pictórico del que me salí al poco de entrar. Las pocas veces que charlamos siempre hablábamos del precio de nuestras obras, de las salidas, exposiciones etc., y un día me comentó que sus cuadros tenían un precio estipulado por centímetro cuadrado. Es decir, el valor del cuadro se medía por el tamaño, no por el contenido ni por el trabajo o por el deseo del artista o por la fascinación ejercida en el que la mira ni por ninguna otra característica artística convencional, sino por cada centímetro cuadrado ocupado con pintura. Me lo contaba satisfecha, con una sonrisilla de superioridad y autoestima que me hizo pensar que yo era un pobre diablo, ya que el valor de mis cuadros no se medían por ninguno de esos criterios ni ningún otro, sólo por la necesidad económica del momento y por la eventualidad de que surgiese un comprador.
Creo que las conclusiones a las que he llegado en los últimos tiempos no se comprenden por haber fracasado. Todo lo contrario. Por fin he dejado la sensación de fracaso atrás. Me quedo sólo con el fracaso como ambiente, como feeling, como presunción incluso, como algo mío, como algo fascinante para los que están afuera.