Cuánto tenemos que
agradecer a la infancia, cuánto, sin duda, por esos años irrepetibles, por las
miradas inocentes, sus vocecitas conmovedoras y armoniosas, las manitas frágiles
y pequeñas, los cuerpecitos diminutos cuyos pies cuelgan de las sillas donde
construyen el mundo, el nuestro, nuestra forma de vida, demos las gracias a los
niños que en países vecinos fabrican los productos de las grandes
multinacionales que nos las venden jurando por dios que jamás un niño ha
trabajado en la manufacturación de los bienes de consumo que ocupan nuestras
casas, visten nuestros cuerpos y nos sobrealimentan. Y nosotros pagamos.
Gracias
chavales.
A veces pienso
que cuando crezcan se vengarán y nos matarán a todos, con saña y razón, pero en
realidad lo dudo. Lo más seguro es que tengan hijos que continúen la tradición.
2 transeúntes:
Y esto, lamentablemente no es ninguna ficción. Se repite todos los días.
Un abrazo
Rita
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